Interludio II. (Introducción)

La ontología estoica es una ontología de la acción principalmente. La teoría de los incorporales que tratara Emile Brehier en su libro Teoría de los incorporales en el estoicismo antiguo plantea la difícil cuestión de la relación con la lógica y la acción, o la de poner límites a lo irrepresentable, como lo posible da cuenta de lo real pero sin tener nada que ver con él. La dificultad de los estoicos es la de tener una teoría de la acción, de la praxis tal y como la definió Aristóteles, y más aún ser capaz de elaborar una lógica de la acción, del verbo y no del sujeto o del predicado, que es la que de Aristóteles, lógica del particular o del universal, “Sócrates es hombre”, “Todos los hombres son mortales”. Los enunciados de los estoicos son singularidades “es de noche” (ahora, en un momento sólo delimitado por el enunciado, su determinación real siempre problemática).

    Por eso la serie de aporías que acompañan a las ocho primeras series de variaciones la última trata sobre el infinitivo la forma de expresar la acción, de enunciarla, pero indicando, señalando su indeterminabilidad en el enunciado. La acción sólo se determina inmediatamente, no en la expresión a no ser que consideremos al mismo hecho de expresar una acción. Decir que el principio es el verbo no significa que en el origen perdido en el tiempo sea el verbo sino que. El origen, el principio está siempre aquí y ahora en cualquier acción que tiene como expresión el verbo en infinitivo. La aporía radica en que la acción misma está completamente determinada, pero la operación de encontrar tal determinación es siempre un problema, la de encontrar unos límites (anterior – posterior), como esto siempre es una elaboración siempre, a su vez, anterior o posterior a la acción, el problema gnoseológico de determinar la realidad, ontología, no se cancela nunca. Por tanto, la tríada lógica, física y ética de los estoicos está siempre coordinándose. Porque, la ética es la tarea más superficial que sostiene a las otras dos, que es una tarea siempre compartida (moral, institucional).

 

         Este interludio se hace necesario para llamar la atención de la relación que tiene  la tarea introductoria de la filosofía como teoría de lo que hacemos con la historia de la filosofía y con la ética. En el primer caso la historia de la filosofía la circunscribimos a los antiguos desde los denominados presocráticos (y casi prefilosóficos), hasta estoicos, cínicos y epicúreos, por supuesto y las dos obras centrales de Platón y Aristóteles. Este tratamiento nos permite ver en perspectiva el resto de la historia de la filosofía, en la medida que los términos filosóficos han quedado suficientemente acabados, para otras circunstancias distintas, lo que variará, sin lugar a dudas, son las relaciones nuevas que estos términos sean capaces de vislumbrar en las nuevas circunstancias, todo ello en virtud de los nuevos usos y operaciones de las que fueron capaces autores posteriores.  

 

         Con los estoicos queda claro, para la posteridad, que la tarea científica y del conocimiento será colectiva, pero necesita de individuos capaces de ocuparse de sí mismos, de pensar por sí mismos. Para la tarea productiva también, esto es lo que principalmente hemos recogido del libro de Las flechas que, a su vez desarrolla a partir de la concepción de saber humano según Hayek (principalmente en La fatal arrogancia). Ahora bien, esta caracterización del individuo no es como ente particular, sino como un individuo capaz de acciones singulares concretas, y deliberadas, que sacan partido a las circunstancias del saber – poder concreto de un lugar y una época determinados.

 

         Con Aristóteles lo que planteamos, sin embargo, son las condiciones de orden jurídico, en un sentido muy amplio, de iure, frente al facto que han de darse para que aparezcan no ya este individuo sino estas acciones individuales, singulares, de sentido completo, las que hay que formalizar para encontrar una lógica de la acción humana. Por ello, esta aporía trata del derecho y la octava del dinero como una extensión del derecho, que ahonda en este tipo de acciones y que acercan a la concepción de juicio estético de Kant (acción singular como contenida en el universal del que es capaz ese lugar y época concreta). La aporía es triple en sus términos: principio, causa y condición va de la decantación de una cuestión que puede entenderse como ontológica, gnoseológica para terminar siéndolo lógica (material, de la materia de la que estamos hechos, del tiempo de las acciones singulares).

 

         Con Platón la aporía acompaña al tema del origen (siempre presente) del poder político). Esta aporía pretende establecer las condiciones del problema que permita diferenciar en cada caso el agente de la acción, para ello hemos enunciado la aporía en dos términos, según la nomenclatura platónica de participante y participación, y contraponerla en cierto sentido a la dicotomía participado de las cosas del mundo sensible, y lo imparticipado de la formas. La ontología que se deriva de una y otra son distintas, aunque también complementarias. Como se ve, y en la medida que estamos haciendo un recorrido hacia atrás histórico y encontrando un sentido a la noción de individuación. Esta variación y aporía es importante por determina las condiciones de la praxis, frente a la poiesis y a la chresis como empleo técnico. La aparición del ciudadano se constata según estas condiciones que ha de resolverse mucho más atinadamente en las dos posteriores.

 

Sin embargo, la aporía anterior reclama el origen siempre poiético, de la acción, la acción antes de que el pensamiento la pueda pensar en sí misma, es más fácil hacerlo por sus resultados, por sus productos, lo que hemos denominado poiesis. Cuando el resultado de esta producción se hace muy complejo, se hace necesario en la misma práctica, por los mismos agentes establecer algún tipo de regla que controle esta producción. La serie comunidad permite investigar cuáles son las relaciones nunca del todo resueltas que permiten la permanencia de la ciudad como algo distinto de la comunidad. Esta el sujeto de producción es toda la comunidad, entera, con la especialización del trabajo, desaparece o se diluye este sujeto de producción en el sentido manual, pero es mucho más difícil que desaparezca como productor de sentido, que son los mismos usos, al margen de los productos.  La aporía para este tema, que permita su problematización es la aporía sujeto – predicado. En este caso la ilustración de la aporía corre a cargo de la contraposición entre Parménides y Heráclito haciendo de sus planteamientos una cuestión lógica, y no gnoseológica u ontológica. Con el primero afirmaríamos que enunciado el sujeto no hay nada fuera de él, a saber, no hay nada fuera de la producción de la comunidad, sin embargo, la predicación que representa Heráclito disuelve al sujeto en un torrente de predicaciones, y por tanto, cuando la producción ha sido diversificada, neolítico, metales, industria, informática no hay posible referencia a un sujeto. Pero ni uno ni otro parecen resolver ni la capacidad de enunciar, ni explicar entonces la producción humana. La cuestión es que no todo está relacionado con todo, pero tampoco nada está relacionado con nada, ahora bien, las distinciones singulares, son capaces de referir a algo más que a ellas mismas. La co – munidad, es la reunión, el sujeto (parmenídeo), de mutaciones, predicaciones (heracliteanas).

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