Serie evolución biológica – motivo I

En 1928 un joven zoólogo alemán llamado Ernst Mayr partió hacia las tierras lejanas de la Nueva Guinea holandesa para recolectar plantas y animales. Acababa de licenciarse en la universidad, y carecía de experiencia en el campo, pero había tres cosas que jugaban a su favor: una vieja pasión por las aves, un enorme entusiasmo y, lo más importante, el respaldo financiero de un banquero y naturalista aficionado británico llamado lord Walter Rothschild. Rothschild poseía la mayor colección privada de especímenes de aves de todo el mundo, y esperaba que los esfuerzos de Mayr ayudaran a aumentarla. Durante los dos años siguientes, Mayr recorrió dificultosamente montañas y junglas con su libreta de notas y sus artilugios de recolección. A menudo solo, fue víctima del mal tiempo, de los caminos peligrosos, de repetidas enfermedades (un problema grave en aquellos tiempos anteriores a los antibióticos), y de la xenofobia de los habitantes nativos, muchos de los cuales nunca habían visto a un occidental. Pese a todo ello, su expedición en solitario fue un enorme éxito: Mayr regresó con muchos especímenes nuevos para la ciencia, entre ellos 26 especies de aves y 38 de orquídeas. Su trabajo en Nueva Guinea lo lanzó a una brillante carrera como biólogo evolucionista que culminó en una cátedra en la Universidad de Harvard, donde siendo estudiante de doctorado tuve el honor de tenerlo como amigo y mentor.

 

Mayr vivió exactamente cien años, durante los cuales produjo un torrente continuo de libros y artículos hasta el día de su muerte. Entre ellos destaca su obra clásica de 1963, Animal Species and Evolution, el libro que despertó en mí el deseo de dedicarme al estudio de la evolución. En esta obra, Mayr relataba un hecho sorprendente. Cuando sumó los nombres que los nativos de las montañas Arfak de Nueva Guinea daba a las aves, descubrió que reconocían 136 tipos distintos. Los zoólogos actuales occidentales, usando métodos tradicionales de taxonomía, reconocían 137 especies. En otras palabras, tanto los nativos como los científicos habían distinguido el mismo número de especies que vivían salvajes en la naturaleza. Esta concordancia entre dos grupos culturales con una formación y una experiencia tan distintas había convencido a Mayr, como debería convencernos a todos, de que las discontinuidades de la naturaleza no son arbitrarias, sino un hecho objetivo. (Jerry A. Coyne. ¿Por qué la teoría de la evolución es verdadera? Inicio del capítulo 7. El origen de las especies.)
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