El juicio estético.

Uno de los métodos a seguir, en estas variaciones, es sobre el uso de los términos. Los términos usados en este post son los de espectador, autor y actor, remiten por supuesto a un signficado común, que siempre será al diccionario de la rae, para indicar cierto “aire de significación”, que debería de completarse con la etimología del mismo (respecto de las etimologías nos referiremos a la siguiente página http://etimologias.dechile.net/), para aportar cierto suelo, sin embargo, la viveza de tal término responde a la inserción de éstos en la coherencia (o no) en la exposición de estas variaciones.
En primer lugar la palabra autor según la rae; en segundo lugar reseñar la etimología de autor según la citada página, en ella se señala que el autor “no tiene porque crear nada”.
La palabra actor según la rae.  En el caso de la etimología indica sucintamente “el que hace la acción“, el actante podría denominarse también.
Por último el término espectador según la rae, la etimología aporta un poco de más profundidad semántica que apoya su uso en estas variaciones.

La figura del espectador viene a cerrar el círculo que configura junto con el autor y el actor. En cierto sentido gracias al espectador podemos distinguir tanto al autor como al actor. Solamente cuando la función de espectador adquiere cierta relevancia puede hablarse de autores y actores. La función de espectador puede verse como representando la mirada exterior que en la vida real está ausente. Los actores reales, los que dirigen sus vidas en la ciudad, son autores de sus actos (según grado), sin embargo, la diferencia entre mi acción y el reconocimiento de la autoría reclama una mirada exterior, debido a la inmediatez misma de las acciones y el carácter más o menos pautado de las conductas, en un contexto de complejidad social. 
Esta tercera instancia, distinta de la acción y de la autoría, surge de la necesidad de evaluar antes o después las acciones- La experiencia de este tipo de actividad, juzgar las acciones, ya está en los juicios de los delitos, en los que se juzga el perjuicio de una acción y su autoría. Ahora bien, la cuestión del espectador es la de un juez que no juzga tanto asuntos jurídicos, para eso estaría el juez en sentido estricto, como asuntos de orden moral y ético, de los que no cabe dar una imagen definitiva, pero que, empero, hemos de hacernos una idea. Por tanto, la figura del espectador es primeramente el espectador de las obras teatrales, el que surge en la Antigua Grecia, lo que se juzga entonces es la variación de las pasiones, de las emociones que se ponen en juego en las relaciones humanas, y de las que no cabe tener un juicio defnitivo, que nos sirva para cualquier situación.
El espectador es el tercero que viene a indicar el problema moral de toda sociedad política.  El espectador es la representación de algo difícilmente representable y es la de la hacerse una mirada distinta a la del actor y a la del autor. El espectador es la representación de la facultad de juzgar, que responde a las preguntas clásicas de Kant: ¿qué puedo conocer? ¿qué debo hacer? ¿qué me cabe esperar? La pregunta ¿qué debo hacer? se convierte, de este modo, en la articulación de las otros dos, y ello cuando la función de espectador se ejerce no ya en una representación sino en el seno de las acciones mismas. Por tanto, lo ¿qué puedo conocer? y ¿qué me cabe esperar? son mediaciones que tienden al pasado y al futuro, respectivamente, pero que solo pueden plantearse desde la acción presente. La Apología de Sócrates se convierte de este modo en una representación con un espectador de excepción, Platón, y  deja para la posteridad una dramatización de ella para los futuros espectadores, no va dirigido ni autores ni actores, sino a espectadores que han de ejercer la función de ensayar sobre lo imposible de ensayar, la acción misma.
El imperativo categórico no es pura forma, más bien es lo informal puro, lo ausente de forma, pero que cuando llevemos a cabo cualquier acción, ésta, sin duda, adquirirá forma alguna, adquirirá todo el sentido del que es capaz. La dificultad es que a estas acciones les debemos un máximo de universalidad, pero del que no acertamos a saber cuál es según el pasado, ni podemos dibujarlo como un por venir.
Ahora bien, remitir el juicio que hace el espectador  para asuntos morales está encorsetado por la urgencia (nunca cumplida por tratarse de un asunto teórico) de resolver problemas morales, sin embargo, cuando el juicio del espectador, aunque trate sobre asuntos morales, se “entretiene” en la mera posibilidad de juzgar, por tanto, aprovechando que la urgencia que demanda la moral se pospone, se ejerce una libertad de juicio que es la posibilidad de mera contemplación sobre el vacío que constituye el imperativo categórico. Solo de esta manera la estética reclama una función en la vida (pero si se olvida definitivamente la urgencia que imponen los juicios prácticos, o quedamos embelesados por una imagen construida, lo que resulta es la peor cara de lo que se entiende el arte por el arte, en realidad la vida misma es la que es copiada por el arte, nunca la vida ha copiado el arte).
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