La verdad sea dicha.

El término de verdad es utilizado comúnmente de manera ambigua como por otra parte casi cualquier término. Sin embargo, el origen del concepto va asociado a la necesidad de aclarar las relaciones entre los humanos en sociedades extensas. En un momento de la historia las relaciones que establecían los humanos son tan complejas que se necesita identificar claramente los asuntos de los que se trata. Y por ello, la noción de verdad debe ser pensada junto a invenciones como la escritura o el dinero. Es decir, en sociedades donde la producción de cosas exige llevar un registro, tanto para la conservación de las mismas como para su intercambio.
¿Qué exige la verdad en este sentido tan prosaico, que no se refiere más que al control de los bienes y los intercambios? Exige en primer lugar signos que representen a las cosas (lo que supone una regla más o menos implícita en el uso, pero que puede ser explicitada en cualquier momento); en segundo lugar un tipo de relaciones que pueden establecer estos signos, y que representan las posibles operaciones. En un sentido como en otro lo que se refiere es un signo al que le corresponde una cosa o un tipo de cosas, y a una serie de relaciones que representan lo que podemos hacer con esas cosas, pero que en cierto modo tales relaciones adquieren cierta autonomía, como es el caso de las matemáticas que operamos con ellas, sin embargo no hacemos nada con aquello que pueden representar. Tanto una propiedad como otra tienen siempre como objetivo permitir operaciones concretas y reales y no sólo posibles. Por tanto, la relación entre signo y cosa, tanto en lo que se refiere al dinero o a la escritura, se establece por la virtualidad de las operaciones que pueden hacerse, las operaciones reales, cambiar bueyes, por trigo, o cualquier otro intercambio, u operación, a saber la relación entre signo y cosa es posible en la medida que funcionen toda una suerte de operaciones en la práctica. Pero dicha funcionalidad no la garantiza ni la relación entre los signos y las cosas, ni la relación que los signos establecen entre sí, la garantía está en las mismas operaciones,  sin embargo, un buen sistema de control de tales operaciones permite ampliar el radio de acción de tales operaciones.
Cualquier discurso de verdad que se olvide de la efectiva operatividad de estas relaciones, termina siendo un discurso confuso. Ora porque se enreda en las posibilidades que los signos tienen, ora porque cuando se habla de los intercambios efectivos se añade el sentido de lo que significa dicho cambio para cada agente. En un caso tenemos la objetividad de las matemáticas meramente posible, y en otro caso la subjetividad de lo que supone cada acción para los agentes, pero en el primer caso aunque es entendible por cualquiera, previo conocimiento del sistema que representa las operaciones, en el segundo caso nadie lo entiende más que el propio sujeto. La verdad es mucho más humilde, ni es universalmente válida, ni se confunde con el sentido que los individuos otorgan a sus acciones, sino que la verdad ha de poner a prueba su universalidad, cuando dos individuos o más se relacionan y ponen en suspenso el sentido íntimo que dan a sus acciones.

                                                                                                   Nochebuena de 2013

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