Génesis del valor (o la realidad distinguiéndose).

“Es de necio confundir valor y precio”. Esta frase se suele utilizar a menudo para dejar claro que no se pueden utilizar estos términos indistintamente ya que cada uno de ellos significa cosas distintas, sin embargo, tal frase vela la íntima relación que mantienen los valores y los precios. El concepto de dinero es el que, sin duda, resulta ser  el más adecuado para entender esta íntima relación. El dinero tiene como origen la praxis, las acciones humanas singulares, en un medio en el que los individuos poseen cosas y las intercambian. El valor del dinero, por tanto, resulta de un tipo de prácticas nunca acabadas definitivamente y la práctica más superficial que nos da cuenta de ello es la continua necesidad de poner precio a las cosas. Un precio no es más que numerar la acción de intercambio, si es trueque lo que hay es una proporción, si hay dinero la proporción puede reducirse a unidades monetarias. Recordemos brevemente como el dinero puede aritmetizar lo que en el trueque sólo indica una proporción. Imaginemos que dos agentes quieren intercambiar zapatos y manzanas, pero el primero no necesita manzanas y el segundo no necesita zapatos (al menos en ese instante), sin embargo, han visto que hay algunos bienes, pongamos por ejemplo el trigo que una vez adquirido en trueques anteriores, ya sea con zapatos o con manzanas, pueden volver a intercambiarse sin que pierda la proporción con la que se ha intercambiado, si por ejemplo un kilo de trigo ha sido intercambiado por un par de zapatos, el que ha recibido el trigo puede volver a conseguir un par de zapatos, pero el que ha recibido el par de zapatos, difícilmente puede volver a recuperar el kilo de trigo, a la sazón se deprecian más rápidamente los zapatos que el trigo. La comodidad de reducir a un número lo que es, sin embargo, una relación de proporción permite dos cosas facilitar los intercambios y computar mejor esos mismos cambios.
 La relación entre proporción y unidad monetaria tampoco es perfecta ya que la capacidad de reducir a unidades monetarias la proporción efectuada en el intercambio es la liquidez del medio que funciona como dinero. La aritmetización que introduce el bien más líquido, corresponde con la función de unidad de cuenta que todo dinero ha de cumplir. Ahora bien, pero esta aritmetización no puede confundirse con la proporción que implica todo intercambio efectivo. El dinero como medio de intercambio lo que expresa es una proporción entre dos pero sin confundirlos. La función del precio puesto en unidades monetarias no puede ocultar esta distinción formal que todo intercambio produce.

De las acciones debemos distinguir las formas del intercambio, y los números que cifran estos intercambios. La realidad que ha de distinguirse en los hechos que consisten intercambiar y poner precios, no se confunde con ellos por tanto, la realidad que esta acaeciendo no se reduce ni al mero intercambio ni al precio puesto. Estos hechos son señales que nos orientarán en el futuro, dibujaran posibilidades de futuros intercambios y futuros precios. Las distinciones formales (proporcionales) de los intercambios, y las distinciones numéricas de los precios remiten a un origen siempre presente. Este origen son las valoraciones que hacen los agentes en cada caso y estas valoraciones son las que no pueden reducirse ni a unidad de cuenta ni a medio de intercambio. El dinero se distingue realmente por el hecho de que los agentes valoran singularmente (los valores no son ni universales ni particulares, y toda consideración de universalidad y particularidad pasa por tener en cuenta que la totalidad del sentido  de los valores se juega en las acciones y los juicios singulares) . El valor del dinero está en estas valoraciones que se hacen en el presente. Sin embargo, que un dinero sea universal no puede depender de este presente, sino que ha de venir de todo un pasado de valoraciones, que no existen como tal (ya que las valoraciones son presentes), lo que tenemos como señales de estas valoraciones (acciones) singulares que son los intercambios efectivamente realizados y los precios efectivamente puestos.
Entonces para que en el presente el dinero mantenga su valor más universal, depende de que este presente recoja del pasado todo lo valorado. Pero el pasado no es suficiente, de hecho, lo que diferencia al bien como el dinero es que en la medida que hemos visto que en el pasado ha conservado su valor, suponemos que con este bien podremos obtener en el futuro otros bienes (con un precio más o menos aproximado).
Pero, he aquí, la falsa confianza que se torna una y otra vez en decepción (recordemos el significado de emunah en hebreo antiguo según Julián Marías, verdad como confianza). O como se suceden  recurrentemente los ciclos económicos que acaban en crisis.  Lo que se pierde de vista es cuál es el origen del dinero (un origen no perdido en el tiempo sino presente y que pone de manifiesto una y otra vez nuestra naturaleza).
A este respecto hay varias posibilidades que pueden ser el origen de la depreciación del dinero. Las causas de éstas depreciaciones tienen como origen olvidar una de las tres funciones del dinero, la que lo distingue realmente, la función de depósito de valor. Las posibilidades son cuatro teniendo en cuenta dos factores: la función de los bancos centrales que garantizarían la liquidez del dinero, para facilitar los intercambios, y todo ello con el mero hecho de anotar pasivos en los balances de los mismos, como un apunte contable que permite la computación y aritmetización de estos intercambios. En segundo lugar, el uso de los depósitos de los clientes que los bancos hacen, de nuevo para facilitar los intercambios y en todo ello apuntado en sus balances. Ahora bien, tanto en el primer caso que es lo que tradicionalmente ha sido considerado como la creación de dinero, y en el segundo caso lo que se ha denominado expansión crediticia, el valor depende de los bancos centrales como algo público, prestamistas de última instancia, y en el segundo caso el valor depende de la solvencia de los bancos para realizar buenos negocios.
Tanto en un caso como en otro, el valor se sitúa en el presente y hacia el futuro, pero obviando todo el pasado de valoraciones que son las verdaderas señales para crear valor. Y es que esta realidad (la realidad que se distingue en las valoraciones) es muy “puñetera”, porque no se ve ni en los intercambios proporcionados, formales, más o menos equilibrados, ni en las cuentas que aparecen en los balances, o que señalan los valores futuros. Si nos damos cuenta estas dos funciones están en manos de privilegiados, imposibilitando un sinfin de acciones singulares, de un sinfin de agentes que vengan a seleccionar, a jerarquizar los verdaderos valores.
Combinando estos dos factores resultan cuatro posibilidades. La primera banco central (prestamista de última instancia), y con reserva fraccionaria, el dinero que se deposita a la vista en los bancos es prestado, la doble disponibilidad supone una depreciación, porque al menos son dos agente los que valoran la misma cantidad de bien, este hecho virtual, no es sólo mera posibilidad, es una realidad que no se confunde con los hechos contables que efectúan los dos agentes o los intercambios que realizan. La cuestión es que si el banco fracasa tiene detrás a un prestamista de última instancia que “resuelve” balances y reactiva intercambios, pero ahoga toda la realidad virtual de valoraciones que la gente no va a dejar de hacer. Lo posible es contario a lo real, sin embargo, lo real no se agota en lo actual, la virtualidad de las acciones no deja de insistir en su papel una y otra vez.
En el segundo caso, la propuesta es banco central sin reserva fraccionaria, en este caso lo que hay es creación de dinero por parte del ente público, y los bancos privados mantienen el valor. Parece que es una situación mejor que la anterior, y tal vez lo sea, sin embargo, una y otra vez el ente público se arroga la capacidad de saber cuáles son los valores y de nuevo recurre a lo que sólo es señal superficial de tales valores los intercambios efectuados, y los precios y contabilidades registrados. El banco central puede recurrir a las matemáticas para poner el tipo de interés (como una función del mismo banco), sin embargo, las matemáticas son capaces de manejarse con distinciones formales (según la historia efectiva de intercambios), y con distinciones numéricas (para predecir el comportamiento de los precios, por ejemplo), pero lo que no podrá resolver es por donde va a ir  la creación de valores que las acciones singulares de los agentes llevan a cabo.
En el tercer caso, no hay banco central pero los bancos trabajan con reserva fraccionaria, lo mejor de este caso, es que al no haber prestamista de última instancia cuando fracasen las falsas valoraciones de los bancos a través de su expansión crediticia, la revalorización sólo podrá venir de las acciones singulares de la gran mayoría de los agentes, los únicos capaces de recuperar el valor. Sin embargo, a este respecto se argumenta que los bancos son capaces de mantener la estabilidad del sistema, con un buen conocimiento de los intercambios que se efectúan, y de los balances bancarios, junto a la necesidad de hacer esta tarea de manera eficiente ante la inexistencia de banco central, más la competividad entre bancos. Pero de nuevo las posibilidades que dibujan los grandes números, no son más que eso posibilidades, idealizaciones de los hechos, pero que no son los que crean valor, que es un tipo de realidad, que a falta de otro nombre la denominaré metaestable, no se puede recurrir a dibujar definitivamente ningunto tipo de estabildad en la realidad virtual (realidad y no posibilidad), y, sin embargo, es el origen y fundamento de toda creación y depósito de valor, y sólo ella lo sigue creando y conservando, en un sentido que no es estable ni inestable.
Otros argumentos que dan los defensores de esta posición es que si un depositante y depositario acuerdan que el depósito a la vista puede ser usado por parte del depositario con la obligación de que en todo momento el depositante tenga siempre disponible el dinero, no puede evitarse, porque de hacerlo  se iría en contra la libertad de contratación. Pero he aquí que este liberalismo del individuo, quizá no es tan nocivo como el socialismo pero no le va a la zaga, porque en última instancia lo que resultan son privilegios. La cuestión es que el valor del dinero que entrega el depositante y recibe el depositario no depende ni de los individuos ni de una mente capaz de saber el funcionamiento universal del mismo, sino que depende de las acciones singulares de los individuos, y hay acciones como esta que necesariamente subestiman las acciones que han creado y siguen creando el valor del dinero. La comprensión unitaria y universal de este proceso de génesis de valor es mantener siempre el proceso de creacion y fundamento de valor en sus causas inmediatas, las acciones singulares. Los particulares que contratan este tipo de depósitos de doble disponibilidad, juegan con la posibilidad, y se olvidan de la realidad.
En el cuarto caso, es el que más se puede aproximar al derecho natural, en la medida que se intenta no idealizar, falsificar el origen y fundamento del valor. Para ello es necesario la desaparición de los bancos centrales y que los bancos conserven completamente la cantidad de dinero que se le ha depositado, y ello aunque el banco les de servicio de medio de intercambio, a través de tarjetas o que les de servicio de contabilidad. Pero, una vez más estas dos funciones que ayudan a agilizar la obtención de bienes, no significa que el dinero se traslade al banco para su entera disponibilidad depreciándolo. Que este sistema reduzca los ciclos económicos de expansión y crédito es una consecuencia secundaria, respecto de la primera de creación de valor y así mantener el derecho sobre bienes futuros que el dinero como mercancía presente me proporciona.

De lo dicho se desprenden dos cosas: primero que los valores son producto de las acciones singulares humanas, y que en el presente se confunden, acciones y valores son indistinguibles desde la más absoluta inmediatez; segundo que el dinero recoge en forma de precios y de intercambios efectuados toda una historia que permite aproximarnos a los valores de todo tipo que compartimos, no sólo  económicos. Toda disciplina teórica que se ocupe de estos hechos ha de andar con cuidado de no confundir el mundo de posibilidades que surgen de sus modelos, pero que hace imposible reducir a idealización la fuente del valor. Lo que falta en este caso es un tercer elemento que es  la información que se pone en juego en la praxis, esta información es  irreductible a cualquier modelo teórico (por muchas matemáticas que se sepan), el mismo concepto de dinero como magnitud es fruto de la acción humana, pero esta como no está acaba de una vez por todas (desde el punto de vista temporal es lo que está por venir), las valoraciones presentes siempre interactúan con información que sólo está poniéndos en juego por la acción singular del agente que con más o menos deliberación lleva a cabo. Eliminar este aspecto de la teoría de lo que hacemos es prescindir de la fuente de valor, y del sentido de lo que hacemos (quizá para recuperar la verdad). No se puede dejar a otros que nos digan cuál es el valor de las cosas y el sentido de lo que hacemos.
Pero el problema no sólo es práctico, también lo es teórico, entre otras cosas porque se confunde teoría y sentido, porque se confunde posibilidad y realidad, pero esto es asunto para otro momento.

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