La explicitación de la regla (o de la sociedad política)

Uno de los temas recurrentes de estas variaciones es la de saber cuáles son las condiciones que hacen posible la ciudad, la vida ciudadana. Por eso el mito de Prometeo que Platón relata en su Protágoras, sirve de ilustración permanente para nuestro propósito, y más aún para esta serie de variaciones que tiene como tópico la política, y por extensión la formación de los distintos poderes de las sociedades extensas, a saber: el poder legislativo, ejecutivo y judicial. Sin embargo, uno de los problemas más difíciles es saber que prácticas debían aparecer para que la vida ciudadana fuera posible, y, por tanto, que prácticas había que la hacían imposible. En cierto modo en la vida ciudadana, aunque sea un hecho, no han desaparecido estrictamente las prácticas que la hacen imposible, conviven con aquellas que las posibilita. Recordemos brevemente que en el mito de Prometeo lo que les falta a los constructores de ciudades es el saber político en forma de pudor y justicia, lo que les falta es cierto sentido de la medida, no sobre aquellos materiales  de los que están hechas las ciudades, sino de la medida de las pasiones que han de procurar la conservación de las ciudades.
La ciudad reclama algo nuevo que en las comunidades no tiene porque darse. Supondré que lo que reclama es la verdad, o mejor, reclama un lenguaje verdadero, una expresión verdadera. No digo que las formaciones antiguas no tuvieran algún tipo de relación con la verdad, pero no como expresión sino como contenido, ejemplo, los cazadores recolectores conocen un mayor repertorio de plantas que las sociedades sedentarias, son como enciclopedias andantes. Este conocimiento ha de transmitirse, ha de conservarse en las generaciones futuras, pero la expresión de este conocimiento, se articula muchas veces con una expresión poética, por la mayor potencia memorística de ésta, la expresión y el contenido de este saber es verdadero, pero privativo de la comunidad, cualquier individuo que quiera acceder a este conocimiento debe aprender los ritmos de esta comunidad, y aunque el conocimiento que tienen sobre las plantas pueda reducirse a un conocimiento objetivo, tal y como está diseñado el aprendizaje la adquisición del mismo confunde la subjetividad de la expresión con el contenido que puede ser objetivable. 
Estas comunidades, sin embargo, no son reductos aislados de hecho los grupos se relacionan con otros grupos, y por tanto, están familiarizados con la explicitación de su saber, el intercambio supone en cierto modo la explicitación de ciertas reglas. Los intercambios remiten a una reciprocidad equilibrada, en forma de intercambios de regalos, de mercancías. Esto significa que son capaces de encontrar unas reglas que den cuenta del conocimiento que ellos tienen, que en cierto modo es una diferencia de grado respecto de la forma de expresión interior de la comunidad. Por tanto, no hay que pensar en una expresión totalmente poética, rítmica, la expresión siempre recurre a imágenes exteriores a la misma expresión (Rousseau a este respecto en su obra Ensayo sobre el origen de las lenguas, dice que el primer lenguaje fue cantado) . Quizá una de las formas más bellas que podemos suponer de relación entre espacio y expresión es el modo de orientarse de los walpiri, que tienen mapas del espacio que habitan (los inhóspitos parajes del interior de Australia) en formas de canciones, es decir, sus mapas son de una geografía intensiva, de cualidades, que representan cantidades de tiempo, de espacio.
Este conocimiento, el de las pequeñas comunidades, que no puede decirse que sea público, la publicidad que ejercen es la que practican en los intercambios con otros grupos, es, sin embargo, íntimo. Y este conocimiento es (siguiendo la caracterización de la Escuela Austríaca de Economía véase Jesús Huerta de Soto. Socialismo, cálculo económico y función empresarial, (pag 52-60). Ed. Unión editorial): subjetivo, práctico, no científico, privativo, disperso, tácito, no articulable, y sin embargo, transmisible. Estas características son necesarias para saber en qué consiste el saber político y como ha de aparecer en sociedades extensas, para ello trataré cada una de estas características, para ver como dibujan las condiciones de posibilidad de que las ciudades se conserven, y que a su vez estén siempre en tensión.
En primer lugar este conocimiento de las comunidades es, es aunque parezca un imposible enteramente subjetivo, en la medida que en todas sus acciones subyace el sentido completo de la comunidad, esto es lo que entiendo por subjetivo, y cada individuo debe repetir exactamente este sentido que comparte con  su grupo. Toda objetividad es un sucedáneo inevitable, porque no existe la comunicación inmediata, la transparencia absoluta. Además los individuos de tales grupos como ya hemos dicho están familiarizados con la diferencia subjetivo-objetivo, en la medida que son capaces de poner delante (ob-), el sentido de lo que hacen,  en el intercambio, en este caso, con otro grupo. La peor cara de esta subjetividad resulta cuando se siente que se pierde, es decir, se pierde el sentido de lo que son y hacen, la violencia ejercida, entonces, suele ser muy grande. Que en las sociedades extensas haya menos violencia que en las pequeñas comunidades puede deberse a que los individuos han aprendido a relativizar la pérdida de sentido. No obstante, los crímenes que más nos aterran son los que se ejercen sobre la propia persona, en forma de suicidio, o aquellos en los que se mata al otro por considerar que atentan contra lo más íntimo, con lo que  dota de sentido a su vida.
En segundo lugar este conocimiento es práctico, quiere decir, que incluso el relato que se tiene sobre él debe ser considerado como otro tipo de práctica, la narración de lo que se sabe es una praxis añadida y que releva a la primera, necesaria para conservar tal conocimiento. El mito de Prometeo dice que el saber técnico permite hacer casas, vestidos, pero también palabras, sonidos y altares. La teoría no puede hacerse más que con objetividades, por lo tanto, la expresión de lo que hacen tiene como germen la teoría futura. Pero aun así la dificultad que entraña que todas las producciones y usos estén impregnadas con esos mismos relatos que les dan sentido,hace que no se vea diferencia entre lo que es subjetivo, y lo que es objetivo. Pero esta confusión remite a otra más profunda y es la que confunde la producción de cosas de su uso. En la comunidad la producción puede ser diversa, pero el uso, y empleo de las cosas es única, pertenece al sentido completo que aporta la comunidad. De nuevo afirmamos que esto no es así enteramente en la medida que los grupos pueden usar las cosas de manera diversa en la medida que se relacionan con otros grupos.
En tercer lugar este conocimiento no es científico, pero que no sea científico no significa que no sea útil, e incluso que no sea verdadero, pero no es verdadero en la medida que no diferencia verdad de sentido. Mayr un biólogo que trabajó a principios de siglo en Nueva Guinea descubrió que los nativos de las montañas de Afark diferenciaban 136 tipos de aves distintas, los zoólogos actuales diferencian en el mismo sitio 137.  Lo que muestra es que tanto unos como otros se rigen por la objetividad que proporciona la naturaleza, y de la que dependemos unos y otros (nativos y no nativos), para sobrevivir (como también depende el cazador recolector que diferencia mucha mayor variedad plantas, o el sedentario, que sin embargo, conoce los ciclos de siembra y recogida). El conocimiento científico sin embargo, supone saber en qué consiste la diferencia entre subjetivo y objetivo (es decir, diferenciar entre lo que subyace sub-, y lo que tenemos delante ob-), como también ha de conocer la diferencia entre práctico y teórico (que no es otra cosa que saber que la práctica no es un todo compacto y que es posible ver representada tal diferencia y jugar simuladamente con ella).
La condición cuarta es que tal conocimiento es privativo. Privado se contrapone a público, y la publicidad del saber de los grupos son señales que se transmiten hacia fuera, pero lo que falta es ese espacio público donde se adviertan. La privacidad está por doquier, pero sin embargo, las reglas no se siguen en privado ya que es imposible, pero no se advierte este hecho de que las reglas sólo se siguen en comunidad, pero no de la comunidad de sentido, sino la comunidad con  cualquier otro que pueda seguir tales reglas. Por supuesto, que la citada reciprocidad equilibrada supone una explicitación de la reciprocidad generalizada  que se práctica en el seno de la comunidad, lo que diferencia una de otra es la rigidez de la regla, cuanto más privativa es la regla más elástica es, aunque la exigencia de rigidez sea mayor (los mitos se cuentan “siempre” igual, los cuentos son exigidos por los niños que “mantengan” la misma forma), porque la mayor elasticidad es la  que exige el sentido siempre presente  y a cada momento, pero que el mismo tiempo transforma. El sentido es informado por el tiempo  en el que la comunidad hace cosas: relata, fabrica, festeja…
Inevitablemente este tiempo de expresión dispersa la información, y la necesidad de la repetición es urgente ante la cantidad de información que se pierde como en cualquier otro sistema complejo.  El esfuerzo porque esta información no se pierda es lo que no permite  que el sentido explicite y se distinga de la verdad. La identificación de aves, de plantas puede que responda a la mera contemplación, pero no puede ser el motivo principal, el motivo principal ha de ser la conservación de este grupo, y por tanto, ha de servir para la conservación efectiva de los individuos o de alguna historia que conforme las costumbres que cohesionan al grupo.
El conocimiento más importante para la comunidad se sobreentiende, se supone, es decir, es un conocimiento tácito. La expresión más explícita de este saber se da en la medida que se transmite a los niños, pero su transmisión es enteramente práctica, no son aburridos sermones ni explicaciones largas en las que se pierde el sentido (estas últimas expresiones pueden recordar al Emilio de Rousseau, que quizá habría que leerlo a partir de estas características del saber, del conocimiento que estamos describiendo). Cuando a un nativo (como en el caso del antropólogo de Wittgenstein) se le “informa” de las reglas que práctica y que el supone, no puede más que darle la risa, porque por el camino que ha llevado al antropólogo a dicha explicitación lo que  ha perdido es su sentido práctico, es lo que ha olvidado el antropólogo, porque, en sentido estricto, nunca lo ha sabido, y, por tanto, no puede reducirse a conocimiento científico, ni formar parte de ninguna publicación científica. Lo máximo que puede hacer el nativo (apiadándose por otra parte del antropólogo) es proponerle que haga con él lo que el nativo hace, que juegue con él a lo que juega, sólo así ese conocimiento formará parte de él, de su sub-strato.
La consecuencia es que tal conocimiento no puede articularse, aunque tener noticia de él, solamente es posible si  algún antropólogo publica algo en alguna revista, objetiva tal conocimiento pero a sabiendas, que tal conocimiento nos llega a nosotros como conocimiento perdido, y que la manera más realista de “recuperarlo” es aprendiendo que es lo que da sentido a lo que nosotros efectivamente hacemos, aunque nuestro hacer objetivo, público, no se parezca al de los nativos.
Por eso en cierto modo puede transmitirse no sólo en el seno de una comunidad, sino que entre comunidades también pero, en este caso, sólo puede transmitirse este saber privativo si ya se tiene uno.

Las ciudades permiten transmitir la primera forma (la que enseñan los mayores a los niños) y la segunda forma de transmitir este conocimiento (es que este conocimiento llegue de alguna forma a otros grupos) que, sin embargo, es no articulable, tácito, disperso, privativo, no científico,  práctico, subjetivo.
La explicitación de la regla, la constitución de sociedades extensas, el establecimiento de la política pasa necesariamente por discernir la verdad del sentido. Pero esta operación no es intelectual ha de ocurrir como resultado de las mismas acciones. Las sociedades extensas reclaman que los intercambios sean claros y las reglas lo más explícitas posibles, no es casualidad que en un momento de la historia asociada a la mayor producción, a una mayor población, a una división del trabajo, apareciera la escritura, el dinero como formas de controlar la cantidad de información que se dispersaba y que las antiguas costumbres no eran suficiente. Se reclama con ello la verdad (verdad como correspondencia, coherencia y pragmática, que permite el cálculo y la contabilidad) en los intercambios, no solamente que tengan sentido. Esto no significa que el conocimiento que los seres humanos manifiesten en sus acciones deje de ser: subjetivo, práctico privativo, tácito, no articulable.

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