El espectador imparcial y el patrón oro.

Uno de los problemas clásicos de la Filosofía es el del juicio, cómo formamos juicios, no tanto sin son correctos  o incorrectos, convenientes o inconvenientes, aunque esto no sea un problema menor. Para hacernos una idea de lo que entendemos por juicio, diferenciaremos distintos tipos de juicio, una distinción, ya clásica, diferencia entre juicios de hechos y juicios de valor, ahora bien, esta diferencia tiene algunas dificultades, principalmente porque el ámbito de los valores parece más confuso que el de los hechos, por lo que proponemos una diferencia más básica que suponga menos cuestiones que el enrevesado mundo de los valores. Por un lado hay juicios de hechos, juicios sobre el pasado, sobre lo ya hecho, y juicios sobre acciones, las acciones se diferencian de los hechos porque la naturaleza de éstas está en que han de realizarse, porque una acción realizada se puede reducir con mayor o menor precisión a hecho, por tanto el juicio es sobre el futuro. Sin embargo, lo que vamos a analizar es sobre aquello que debemos disponer en el presente para formar juicios sobre nuestras acciones futuras y sobre todo aquellas que tienen que ver con los valores que permiten la convivencia.
     La pregunta, por tanto, es que  posibilita a los individuos juzgar sobre lo que deben hacer para convivir. Uno de los planteamientos clásicos nos permite  partir del estado de cosas actual que expresaría un esquema de concordia concreto y en la medida que un autor tenga lo más claro posible en qué consiste este esquema , se convierte en espectador imparcial, según grado, por supuesto, en la medida que vea con mayor claridad y distinción tal esquema de concordia. Ahora bien, la centralidad del problema deriva hacia la pregunta por el autor de tal esquema de concordia, no al autor de los juicios emitidos que son cada uno de los actores, sino al esquema incorpóreo, relacional de concordia capaz de hacer de medida para los actores. No cabe, de ningún modo, que nadie pueda ser autor de tal esquema de concordia, nadie puede reclamar derechos de autor, que equivale a reclamar no sólo la autoría del esquema de concordia sino también la totalidad del pacto social del que el esquema de concordia es su expresión, pero tampoco cabe que nadie pueda realizar o construir, diseñar el pacto social haciendo tabla rasa (quizá los mayores aberraciones sociales tengan como origen este intento).
     La autoría es un problema que se plantea después del resultado de las acciones que llevan a cabo los actores, por tanto, es resultado, también, del conocimiento de estos actores del medio en el que llevan a cabo estas acciones. Además es una falsa ilusión y pretensión que por el hecho de que con sus actos y sus conocimientos el esquema se cree y modifique, el actor o actores puedan erigirirse en autores.  Efectivamente son autores, pero de un modo derivado, o indirecto.
Si el esquema de concordia es la expresión de un pretendido pacto social, creemos que el dinero, y más concretamente en la forma oro refleja el contenido de tal pacto social (admitiendo que esta expresión – pacto social – tiene algún sentido real). El planteamiento así visto del pacto social desborda las circunstancias geográfico – históricas que a menudo se plantea para conocer la naturaleza del esquema de concordia, a saber, los estados, las naciones, o los períodos de guerras, de paz y demás.
    ¿De qué forma el oro como patrón monetario refleja el contenido del pacto social? Si el pacto social expresa un esquema de concordia de difícil aprehensión porque su naturaleza es incorpórea y siempre ha de actualizarse en las acciones futuras, sin embargo, el oro puede verse como la elección de  “algo” en lo que se ha decantado, y refleja tanto las relaciones de convivencia correctas realizadas, como apunta a las relaciones de convivencia futuras con esperanza. Si el miedo y la esperanza son los dos límites del pacto social, el oro refleja, reparte luces y sombras, de lo que tememos perder, y de la esperanza de lo que podemos ganar. Ahora bien, el esquema de concordia como expresión del pacto social tiene primacía sobre el contenido, pero el contenido recuerda, apunta por dónde ha de ir las actualizaciones de tal esquema. El esquema tiene como forma privilegiada el lenguaje. Por tanto, lenguaje y oro son dos instituciones sociales absolutamente preeminentes en cualquier sociedad concreta y que por la dinamicidad de la primera y la rigidez de la segunda desbordan los pactos sociales concretos.
     Una aclaración sobre el pacto: el pacto no es un estado de cosas, un estado de cosas es la mayor o menor preeminencia del oro como patrón monetario es una sociedad, tampoco es un estado mental quien tiene que ver con los individuos aislados, si algo es el pacto social es un acontecimiento, que remite tanto a una expresión como a un contenido, por lo que las teorías del pacto o contrato parten del error de que el pacto  es una entidad que puede ser contemplada y racionalizada y en cierto modo construida. Lo que permite concebir el pacto social como un acontecimiento irreductible a su expresión o a su contenido es la importancia, y aquí sí tienen razón los ilustrados, del individuo como actor que dramatiza el pacto, que lo pone en juego pero del que no es autor en sentido estricto, como no es autor del lenguaje que habla, ni del oro como patrón monetario.
     ¿Cuál es el papel del individuo, entonces? El individuo como actor del pacto social, y no como autor debe de tener ante sí, para interpretar el pacto, principalmente, conocimiento, conocimiento que del que debe distinguirse dos tipos y que simbolizan el lenguaje y el oro, es decir, conocen la naturaleza incorpórea del lenguaje, y la material del oro, sólo así es posible  evitar falsas interpretaciones del pacto social. Ahora bien, el lenguaje y el oro pueden reducirse a hechos cuando son objeto de análisis, pero lo crucial son las acciones que dibujan el esquema de concordia o  sistema de valores. Por ello, la noción de espectador pasa por la idea de individuos formados en el conocimiento de las instituciones sociales más importantes, pero siendo conscientes también de que el juicio o las acciones llevadas a cabo no están contenidas, calculadas, razonadas en aquello que contemplan más que de una forma simulada, e insuficiente.

   Por ello el actor real se enfrenta a la tragedia de no saber el final, a diferencia del actor de teatro que aun no sabiendo tampoco por parte del personaje su final, que aun desgraciado, el espectador lo ve como una comedia. La teoría como drama, por tanto, no puede nunca desligarse de la tragicomedia que la dualidad a actor-espectador siempre actualiza, pero tampoco la teoría puede confundirse con la función de autor, porque la teoría no hace nada ni produce las instituciones sociales (cualquier intento de ello es caer en una “fatal arrogancia”), pero tampoco puede encontrar la regla correcta de uso de las mismas, no puede más que lamentarse o reírse de lo que efectivamente hacen los individuos, como nos podemos lamentar o reír leyendo cualquier diálogo de Platón pero especialmente aquellos en el que la vida está en juego, pienso en la Apología de Sócrates o en el Eutifrón, entre tantos otros.

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