En el ojo del huracán.

“Al principio no había razones; sólo había causas. Nada tenía un propósito, ni nada tenía algo que pudiera denominarse una función; en el mundo no había teleología”. (Daniel Dennett. La conciencia explicada.)

Con esta cita comenzábamos la segunda entrada de este blog, y sobre el tema que sugiere la misma hemos vuelto en alguna ocasión. Los temas de la cita pueden ser los siguientes: la diferencia entre causas y razones; la diferencia, también, entre la vida y la materia inerte; el problema de la teleología y  el mecanicismo; o cómo hacerse una idea de lo primero que ocurrió en una secuencia de acontecimientos. En esta entrada volveremos sobre ellos de manera más o menos explícita, solapada o no más que insinuada como corresponde a cualquier variación sobre un tema o temas.

Una de las diferencias entre la vida y la materia inerte remite a la conservación de un tiempo que identifica al organismo que intercambia energía con el medio. Sin embargo, la estructura que identifica tal organismo como ser vivo no es una entidad ella misma existente, y esto puede ser visto como la paradoja de la vida misma. Por ejemplo un huracán es un organismo una entidad, que conserva cierta identidad a lo largo del tiempo e intercambia energía con el medio pero no puede decirse que parte de esa estructura que lo identifica se reproduce a partir de sí mismo, si que hay otros fenómenos equiparables pero tienen un origen distinto, la vida sin embargo, puede caracterizarse entonces como la continuidad de una estructura identificativa a partir de los organismos mismos que la portan. La conclusión es que así caracterizada la definición de vida es ideal, como también son ideales las condiciones de los huracanes que pueden hacerlos susceptibles de la misma especie.
Desde este punto de vista tanto la tormenta como la vida remiten a una u otra forma de teleología, entendida esta como un proceso de tiempo en el que las condiciones iniciales que identifican un fenómeno son modificadas pero que permiten que entre el inicio y el final o desaparición del fenómeno pueda identificarse como una singularidad. La diferencia con lo que se entiende por vida es que la singularidad desaparece en favor de una relación que se traslada entre estas singularidades. La teoleología sobrepasa a estos fenómenos únicos. Lo que conserva la vida es sin duda algo que no se confunde con los individuos que viven, y esta conservación es la que no llevan a cabo los fenómenos no vivos. La vida de este modo permite dar una imagen de la metafísica tradicional la del primer moto inmóvil en términos aristotélicos, sin embargo, lo curioso es que este primer motor inmóvil es anterior no sólo a la vida sino a todo movimiento, lo que permite, a su vez, afirmar que la vida es anterior (lógicamente) se entiende a toda forma de existencia como contemplación pensante.
Ahora bien, la idea de vida como contemplación pensante está vacía de toda forma de contenido como corresponde a la forma de expresión de la metafísica. El contenido de este continuo entre vida y no vida debe ser buscado en cada una de las disciplinas que dan cuenta de los fenómenos vivos y no vivos y de los casos fronterizos, pero en todo caso este contenido y expresión es resultado del hacer teórico que da razones de lo que hay en relación con lo que hacemos.

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