Yo, un lápiz.

El artículo (brillantísimo sin duda) titulado Yo, el lápiz traslada la visión del uso común y en muchos casos insignificante de un lápiz a la producción casi imposible de ese lápiz por parte de un solo individuo. Sin embargo, es interesante no perder de vista que lo que sea el lápiz no depende del proceso de producción. La empresa que fabrica los lápices desarrolla el proceso con materiales que ya han sufrido un largo proceso de transformación, sin embargo, tampoco estos “saben” lo que es un lápiz (entiéndase que no lo saben en tanto que productores de lápices). Los que saben lo que es el lápiz son los usuarios, por tanto, cualquiera que lo use para aquello que se supone que sirve un lápiz, a la sazón para lo que sirve un lápiz es resultado de la acción de los usuarios. Por lo que poner el acento de nuevo en el uso del lápiz no es desmerecer el artículo de Leonard Read, sino llevarlo a su verdadera dimensión y es que no es otra cosa que la división del conocimiento, frente a la primera percepción que nos haría pensar que es la división del trabajo.
De ahí que el título de esta entrada se refiere a un lápiz, a uno cualquiera pero que se determina según el uso que le lleve a cabo el sujeto y a este es al que hay que atribuir un conocimiento cualquiera. Ahora bien, el contexto en el que más rápidamente asociamos los lápices es el de la escuela dónde los niños acceden al conocimiento de una sociedad concreta y este conocimiento es irreductible al control (completo) por cualquier proceso de producción. Es decir, son los niños los que están aprendiendo a usar los lápices, y los que muestran que el conocimiento que adquieren siempre es único por individuo y circunstancias. Un niño puede usar el lápiz para sacarle punta, para sacarle punta y hablar con el compañero en la papelera de clase, para morderlo, para hacerse chuletas cuando son algo más mayores, para mostrar su habilidad con las manos dándoles vueltas como si de un molinillo se tratara. Se podrá objetar que ese no es el uso recto o correcto del lápiz, pero es la irreductibilidad del conocimiento del uso del lápiz a una fórmula previa la que hace absurda la cuestión del uso recto de un lápiz, en el que se empeña el maestro.  Esta es la cuestión y no otra, que no es sino la noción de praxis la que hace de un gesto aparentemente insignificante, el uso de un lápiz, el martilleo en una mina para sacar grafito, el uso de una sierra para cortar un árbol y así un sinfín de acciones que por sí mismas son en diverso grado insignificantes y cruciales las que traman  el proceso de producción que no se deja someter a ninguna forma, a la manera platónica, a no ser que las Formas de Platón hablaran de usos y acciones y no de cosas realizadas.
Pero aquí no acaba todo y es que la acción no alcanza su máximo esplendor en las acciones de los trabajadores implicados de manera directa o indirecta en la fabricación del lápiz, sino que hay otro conocimiento que no deja de tener la misma naturaleza, la de no dejarse reducir a forma previa que remite a las negociaciones de los distintos agentes a la hora de negociar las compras y ventas de la materia para hacer un lápiz, hasta la negociación del mismo tendero o persona al cargo de la papelería o kiosko que vende el lápiz o un lápiz a un niño.
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