Variaciones sobre el símil de la línea IV.

El siguiente paso que da Sócrates es el de interrogar (acosar) a los poetas, a los productores de palabras. Al igual que los políticos el prestigio de ambos radica en que resuelven un tipo de actividad concreta, si en el caso de los políticos era aunar a las almas y los cuerpos para algún proyecto común de la ciudad, en el caso de los poetas lo que resolvían era el problema de encontrar expresiones poéticas que afectaran a la sensibilidad de los que les escuchaban, sin embargo su destino final es el de una comunidad a la que cantan que inevitablemente en el horizonte de la ciudad se siente como perdida. El problema surge cuando se les interroga sobre esta actividad misma. Descubrí que la obra de los poetas no es fruto de la sabiduría, sino de ciertas dotes naturales, y que escriben bajo inspiración, como les pasa a los profetas y adivinos, que pronuncian frases inteligentes y bellas, pero nada es fruto de su inteligencia y muchas veces lanzan mensajes sin darse cuenta de lo que están diciendo (De la Apología de Sócrates). Sócrates de nuevo pide “explicaciones” sobre la sabiduría que se les supone a los poetas, la respuesta que mejor pueden dar los poetas son sus brillantes obras, pero nada que sea una explicación de la misma sin recurrir a repetir sus soluciones, y no en ver en qué consiste el  problema de ritmo, de la composición que, sin embargo, son capaces de resolver. El problema de la composición poética lo ensuelven en sus soluciones.
Con los artesanos pasa lo mismo: pronto descubrí que los artesanos adolecían del mismo defecto que los poetas: por el hecho de que dominaban bien una técnica y realizaban bien un oficio, cada uno de ellos se creía entendido no sólo en esto, sino en el resto de las profesiones, aunque se tratara de cosas muy complicadas. Y esta petulancia, en mi opinión, echaba a perder todo lo que sabían (De la Apología de Sócrates). En este caso los problemas que resuelven con rectitud los artesanos se refieren a artefactos que han de funcionar, servir para algo y que la mejor demostración del arte del artesano es que lo que fabrican sirva para aquello que dicen que funciona. Sin embargo, como ocurre con los políticos, con los poetas cuando se les pregunta por las coordenadas de los problemas que resuelven no son capaces más que de “exhibir cierta petulancia” y presumen de ser sabios sobre otras cosas por la seguridad alcanzada en aquella actividad que resuelven. La seguridad que demuestran se consigue porque una y otra vez han logrado el objetivo de crear aquello en lo que son expertos, pero sus palabras no añaden nada a este saber práctico que tienen. Puede que sean más o menos hábiles a la hora de hablar lo que produciría una suerte de retórica espontánea, pero también habrá individuos incapaces siquiera de expresarse según los términos de la oratoria que se exigiría a un ciudadano que se ocupara de los asuntos de la polis. En definitiva, la manifiestan  incapacidad que muestran para plantear las claves de los problemas productivos que resuelven  permite a Sócrates afirmar que los políticos, artesanos y poetas, aún capaces de proporcionar un efectivo servicio concreto a la vida de la polis se mantienen ignorante sobre la efectiva naturaleza recta de su sabiduría.
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