Variaciones sobre el símil de la línea III.

En la defensa que lleva a cabo Sócrates de sí mismo, éste recuerda la consulta que al oráculo de Delfos hizo Querefonte: “Le preguntó al oráculo si había en el mundo alguien más sabio que yo.” La respuesta que obtiene por parte del oráculo es  negativa, lo que hace a Sócrates emprender la búsqueda para averiguar en qué consiste esa sabiduría en la que es superior, y la tarea que lleva a cabo es la de preguntar a individuos que representan actividades distintas a los  políticos, a los poetas y a los artesano, aquellos que han de saber lo que hacen. En el caso del político presenta a un individuo, que no quiere identificar, pero sí que dice que tiene fama de sabio, aunque lo que Sócrates  encuentra es alguien engreído por lo que asume que su superioridad consiste en que él sabe que es ignorante y el otro lo ignora. Cabe suponer que el diálogo que establecería con este político tendría la misma estructura que tendrán tantos otros diálogos, y que consiste en establecer una serie de preguntas que guiadas por Sócrates  llevaría a su interlocutor a incurrir en algún tipo de contradicción. Pero lo que más interesa es que, efectivamente pueden establecer algún tipo de conversación porque ambos hablan griego, sin embargo, la seguridad que muestra el político se debe a que ha tenido  algún tipo de éxito gobernando la ciudad y para ello indudablemente ha de manejar un lenguaje específico para estos asuntos. En el caso de Sócrates no se le supone un lenguaje específico, propio del político, ni siquiera filosófico que está por hacer si no que usando el griego común incide en preguntar y solicitar respuestas coherentes por parte del político, por lo tanto, Sócrates no le está pidiendo que sea efectivo en su actividad sino que se interrogue por ella. Además los políticos tienen como instrumento precisamente el lenguaje que han de usar para persuadir a sus conciudadanos e influir en sus decisiones para actuar de un modo u otro. El lenguaje común tiene la peculiaridad de que su  uso es igual para todos los ciudadanos según el principio de isegoría, por tanto, no es un discurso poético ni una opinión que no ha de tener ninguna influencia sobre los otros como una inclinación más, sino que las opiniones que tienen los ciudadanos que se ocupan de los asuntos de la ciudad han de ser rectas han de estar proporcionadas porque influyen al conjunto de los ciudadanos en su acción, o al menos es la rectitud de estas opiniones la que se pone en juego. Esta rectitud que se reflejaría en la acción conjunta no se reflejaría, sin embargo, en la reflexión sobre el discurso mismo. Sócrates preguntaría por la rectitud del discurso que lleva a la acción correcta de los ciudadanos.
Poner en cuestión la rectitud del juicio de un político prestigioso conlleva la posibilidad de enemistarse con él, como le ocurre de hecho a Sócrates. Las razones de por qué cuestionar a alguien es sus opiniones que debe sus prestigio precisamente a ellas no las analizaremos aquí, pero que Sócrates esté ante un tribunal que lo acusa de asuntos considerados muy graves tiene que ver con esto.
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