Strange fruit.

¿Cómo es posible cantar esta canción? ¿Cómo es posible siquiera escribirla? La pregunta por el arte adquiere con ejemplos como éstos extrema urgencia, la misma que se pospone cada vez que se canta este tema, y no se va, como deberíamos hacer, a “recoger los extraños frutos” que no pueden, que no deben estar allí donde se les supone. Porque la canción no es aquello de lo que está hablando, y no es, tampoco, lo que está sintiendo el autor o intérprete, de la misma, tampoco es la emoción del escuchante, es, no puede ser de otra forma, un juego superficial de signos y el sentido de la canción se lo debemos a este juego superficial de signos (esta es la grandeza y miseria que nos enseñó Lewis Carroll, y que Artaud inventor del teatro de la crueldad tanto aborrecía).
La pregunta por el arte, entonces, quizá no merezca respuesta, y tampoco, merece, quizá, atención alguna cualquier alusión a la muerte del arte (o a la muerte del rock and roll), porque mientras que el sentido dependa de esa débil superficie de juego con los signos en el que nos empeñamos a diario, y que de vez en cuando, alguno se entretenga en jugar un poco más, y advertir de que el sentido (Ay!) no es más que juego, entonces, mientras que esto sea así la pregunta por el arte o es banal o arte mismo, y qué es lo que sea arte vuelve sobre lo anterior, para así mejor el silencio…

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