El saber político no es un saber especializado.

En una entrada anterior, titulada Justicia sin Estado, se apuntaba que el individuo que habita en una ciudad es el que debe tener saber político para conservar la misma, sin embargo, se le supone un saber técnico que garantizaría su supervivencia. Sin embargo, en una ciudad este saber técnico necesariamente relaciona a otros muchos con los que está vinculado, es la cuestión de la división del trabajo que aumenta la capacidad productiva. Pero cuando Platón escribe el mito de Prometeo tiene como modelo una ciudad (Atenas del siglo V a. de C.) sin un poder que imponga un orden, o al menos son conscientes de la inmanencia y contingencia de este poder (un Leviatán), por lo que el orden depende de los ciudadanos acostumbrados a cierta disciplina, orden sobre aquello que producen y de lo que se apropian (incluso otros hombres – esclavos). Son entonces los propietarios que viven en ciudades, en las que el poder ejecutivo se cuestiona (el ejemplo más claro es de nuevo el de Atenas, ésta se convierte en una ciudad que encabeza toda una liga de ciudades frente a los persas y que el poder ejecutivo se ejerce sobre las otras ciudades, y Pericles representa el individuo que lo encarna, pero Atenas, sus ciudadanos, saben de su contingencia, no son egipicios). Pero cuál es la regla que permita constituir una relación en la que el poder ejecutivo de una ciudad quede en manos de sus ciudadanos y no se les otorgue a sus representantes.

La historia no permite muchas respuestas positivas a este respecto porque las ciudades “deben” comportarse como tribus haciendo del saber político de los ciudadanos una ilusión, porque se están enfrentando constantemente con otras ciudades. Por tanto, la manera de conservar las ciudades termina siendo una cuestión que no atañe a los ciudadanos que la habitan sino porque se contraponen a los ciudadanos de otra ciudades, y en este sentido, el saber político no parece el más apropiado porque no parece eficiente, entonces, parece lógico que los que se ponen a la cabeza de una ciudad “imiten” a los técnicos para conservar la ciudad frente a otras ciudades. Incluso las negociaciones entre estos representates supone la propiedad de su ciudad, y los ciudadanos serían de su propiedad, porque en realidad en su comportamiento imita al técnico. Los espartanos fueron eficientes contra los persas porque actuaron como técnicos, e incluso vieron con desprecio a los atenienses con sus chácharas.
Ahora bien, el “pecado” de Atenas radica en que para embellecer su ciudad los ciudadanos que se han especializado en la tarea política se embarcan en proyectos que superan la capacidad ejecutiva de los humanos, haciendo grandes obras, y la razón principal es porque ven a la ciudad como un fondo disponible a su servicio y este fondo lo constituye, antes que el dinero o recursos,la capacidad ejecutiva individual y que garantiza la supervivencia de cada uno.
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