La reina de las nieves III.

Siguiendo con el cuento que venimos comentando el tercero de los siete presenta a Gerda que no se resigna a dar por muerto a su amigo Kay y con más temor que decisión emprende su búsqueda. En este momento se ve en qué consiste verdaderamente el cuento, la búsqueda por parte de Gerda de su amigo Kay, al modo del viaje del héroe, en este caso protagonizado por una niña. Los elementos que han quedado conformados en los anteriores cuentos son el espejo como un artefacto capaz de ver lo que no vemos inmediatamente, lo que permite formar un juicio más elaborado, “más inteligente”, que además es producto de unos trolls (demonios, diablos…). Y que este artilugio, el espejo, es más dañino cuando se rompe porque multiplica indefinidamente su poder, ya que cada diminuta porción mantiene la propiedad del espejo originario, no necesita más que un cuerpo capaz de albergar un trozo para usar el poder que el espejo tiene ver las cosas y a las gentes desde otra perspectiva. La perspectiva es contraria a la que presenta el segundo cuento, un mundo cálido, bueno, bello producto, no de la calidez de la naturaleza, no obstante, están en un sitio extramadamente frío, tampoco es bello, las flores se marchitan, ni siquiera es bueno sin más, la bondad, la belleza y la calidez son producto de las relaciones humanas, las que establecen Kay, Gerda, la abuela. No puede entenderse de otro modo el ímpetu de Gerda por no resignarse a la pérdida de Kay sino es por recuperar lo bueno, lo bello y cálido.

En este sentido Andersen presenta la primera “prueba” de Gerda apuntando directamente a las nociones de verdad y falsedad, porque lo primero que encuentra Gerda es una casa, la de una anciana que hace magia, y que acoge a Gerda con la pretensión de retenerla allí para tener con quién vivir. La magia de la anciana consiste en crearle la ilusión de que lo que busca, la calidez, bondad y belleza que compartió con Kay está allí mismo, y para crearle esta ilusión (de la que es capaz un ilusionista), esconde todas las rosas rojas que le recordarían su propósito.
De este modo como Ulises encantado por el canto de sirenas, Gerda deja que corran los días encantada por el jardín de la anciana. Pero precisamente unas rosas rojas que adornan el sombrero de la anciana le recuerda porque está allí. Entonces decide emprender de nuevo la búsqueda. Lo que ocurre después en el cuento son toda una serie de conversaciones con las flores en la que cada una le cuenta una historia, que no terminan siendo más que cuentos, en su sentido peyorativo, y claro la niña como de cuentos sabe, los que le contaba la anciana descubre con estos que la ficción que siempre presentan no son útiles en esos momentos. Es decir, aquellos cuentos que fueron la expresión de todo lo cálido, bueno y bello que compartían Gerda, Kay y la abuela son ahora habladurías, no más allá que mentirijillas.
Gerda comprende, entonces, que debe protegerse de las ilusiones (de las falsas se entiende), y de los cuentos (de las mentirijillas), su búsqueda no puede basarse ni en una cosa ni en otra. De hecho cuando Gerda abandona la casa de la anciana, el exterior no es bello, ni cálido, ni bueno. Todo ello le ha llevado un tiempo aprenderlo, y de esta manera la búsqueda se reanuda.
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