La reina de las nieves II

En el siguiente cuento Andersen nos presenta a dos niños que son vecinos y comparten juegos, un pequeño jardincillo, en un ambiente humilde, pero feliz, también hay una abuela, está la primavera, el frío invierno, y el calor que hay en el interior de las casas y el calor en las relaciones humanas. A la contraposición bello – feo, bueno – malo, ahora hay que añadir la de cálido – frío. En invierno la abuela les contaba cuentos, y unos de esos días el niño a través de las ventanas ve el rostro de una mujer bella pero de rostro duro y frío, en esta imagen se desliza una mínima variación de las dicotomías, lo bello puede ser frío, y en cierto modo no del todo bueno. En la alternancia de inviernos y primaveras, con esta llega el buen tiempo y la hora de volver a disfrutar del jardincillo y de todo lo bueno que la naturaleza ofrece, entonces, aparece uno de los cristales, en realidad dos, del primer cuento para afectar a Carlos (Kay en otras versiones). Son los ojos y el corazón donde alcanzan los pequeños cristales, entonces, la manera de ver y de sentir de Kay cambia, lo que entonces le parecía bello al igual que le parecía a Margarita (Gerda en otras versiones) ahora le parece feo, y la bondad que mostraba con su amiga ahora es desprecio, desapego. Los juegos que compartía con Gerda ahora los consideraba de niños. No es difícil advertir que al margen de la imagen metafórica que suponen los cristales afectando a la sensibilidad y a la percepción de Kay, lo que ha ocurrido o puede haber ocurrido, sin más, es que el mismo paso del tiempo ha hecho cambiar a Kay, es decir, ha crecido. Es definitivo que lo que interesa a Kay a partir de entonces, son las formas regulares, de las que son capaces los copos de nieve, sobre todo, si son contemplados con una lupa. Lo frío vuelve a asociarse con lo bello, sin embargo, no parece lo más conveniente el comportamiento de Kay, el distanciamiento de Gerda, las burlas e imitaciones a la abuela.

Ese invierno a Kay le permiten ir a la plaza a jugar con otros niños (sencillamente porque ha crecido y sus padres le permiten hacer cosas que hasta entonces no le permitían). Lo que sigue es Kay llevado en su trineo tirado por otro fuera de la ciudad, lejos de los suyos, y el descubrimiento de que quien lo arrastra hasta allí es la misma mujer que vio un invierno a través de la ventana, la misma mujer bella y gélida. Lo que antes consideraba bello era bueno, y cálido, ahora lo bello se torna frío, y lo cálido y bueno de antaño ha quedado sino olvidado, congelado en la memoria.
Por supuesto el cuento no acaba aquí, pero lo interesante es que los siguientes capítulos no se centran en Kay, sino en Gerda y cómo es posible que la torsión que se ha producido en la manera de ver y de sentir corre el riesgo de ser irreversible, es decir, que lo bello sea para siempre frío, y que lo cálido desaparezca, que no sea posible ya siquiera en forma de cenizas. El horizonte que se divisa es la desparación de todo lo bueno que representaba la comunidad que formaban el niño y la niña, y la abuela y los cuentos, y la naturaleza, ahora la distinción, orgullosa, calculadora de Kay parece augurar la pérdida de todo eso, de lo que una vez todos disfrutamos, hasta, quizá, que empezamos a crecer.
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