La obra de arte.

En estas variaciones nos hemos ocupado poco de arte y parece obligado ir dedicándole algunas líneas. En primer lugar el siglo XVIII aparece la Estética como disciplina, también la reflexión por parte de Kant sobre el genio y la importancia del autor. Con la aparición de esta nueva teoría del arte no sólo aparece el autor como entidad a reseñar, sino que consecuentemente espectador y obra se convertirán también en objeto de reflexión. La explicitación de estos tres aspectos de la obra de arte hacen del arte por un lado algo técnico, manteniendo lo que tenían en común con el artesanado, con el hacer productivo en general. La cuestión del genio puede verse como un resto del carácter misterioso o sagrado del arte antiguo. La diferencia de este período con las reflexiones clásicas de Aristóteles y Platón consistiría en que a partir del siglo XVIII, a parte de la reflexión sobre lo bello, el gusto, la parte técnica de la obra de arte va siendo objeto de estudio técnico lo que contribuiría a ir disolviendo el misterio o lo sagrado del arte, pero incluso la cuestión del gusto se convertirá también paulatinamente en objeto de las ciencias sociales, sociología, psicología…. La teoría del genio se puede ver entonces como el acta que constata lo que tiene el arte de singular, pero a su vez desligándolo de la tradición, sin embargo, la teoría del genio consiste mantiene algo de lo que antes residían en la naturaleza o en lo sagrado, cierta irreductibilidad al manejo, técnico.
La posición central del autor será también señalada y derribada de dos maneras durante el siglo XX, por un lado las vanguardias, pero también puede pensarse en programas de ordenador capaces de crear obras. Esta última perspectiva desbarata definitivamente el triángulo artísitico (autor, espectador y obra) como horizonte para pensar el arte o la belleza. Lo que tenemos, ahora es un sistema de acciones que pueden formalizarse y que remiten al hacer del autor, y a la posibles respuestas del espectador, pero como una serie de relaciones que están antes que el autor y el espectador. Tampoco es una cuestión de dejarse impresionar por este hecho de la producción por parte de una máquina, lo interesante a mi modo de ver es que hay algo de cierto en la expresión “fin del arte” y ni la naturaleza, ni lo sagrado, ni el genio son ya los protagonistas. Sin embargo, el agotamiento, o la cancelación que supone lo de fin no es tal, ni siquiera que técnicamente las acciones puedan ser formalizadas. Las acciones no pueden ser reducidas a nada más que a ellas mismas, y a lo que no pueden ser reducidas es a hechos. Los hechos son el elemento clave del ámbito científico técnico, pero las acciones desbordan este ámbito, recuerdan algo de lo que se entiende por arte (por su singularidad). Ahora bien, parece que el ámbito propio de las acciones es el de la banalidad. Sino no se entiende que objetos cotidianos hayan pasado por obras de arte enmarcadas en lugares destinados a contemplarlas (urinario), o que objetos cotidianos adquieran una pátina de singularidad aunque se hagan en serie (cualquier coche presentado hábilmente por la publicidad). En ambos casos remite a una serie de acciones pasadas o futuras, ya hechas o por realizar (urinario o coche), siempre desde la perspectiva de un presente que nos obliga a cambiar de dirección en nuestra percepción, en nuestras inclinación.
De estas muy imperfectas reflexiones me interesa volver sobre la metafísica contenida en la Monadología de Leibniz, especialmente interesante para diferenciar entre hechos y acciones y como es imposible la reductibilidad de uno a otro. Aunque precisamente la Monadología es metafísica precisamente porque es el intento más brillante de reducir las acciones a hechos a una unidad, la mónada. Una mónada es una percepción, una actualidad, pero también apetito (idéntico a la percepción). El apetito (y en este sentido la identidad percepción – apetito es fallida) expresa el fracaso de otros apetitos, de otras acciones virtuales, acciones que contiene, sin embargo. La mónada en tanto que infinitamente pequeña, como las acciones más banales, pretende recoger el sistema de todas las acciones posibles, y por tanto, remitir al universo completo de la obra de arte o de cualquier obra, incluso aquellas que no son más que simulacros. Y esta es una de las claves, si para Platón el simulacro era la copia ínfima, las mónadas no son exactamente copias ínfimas, sino que hace de lo ínfimo lo singular, pero mientras tanto seguimos preguntándonos por lo original (naturaleza), lo originario (trascendental), o lo original y genial (el ser humano). De este modo la estetización de lo real puede ser visto como panteísmo apetitivo, o subjetivismo extremo que en Leibniz es la sustancia completa.
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