Un ajuste de cuentas.

Al final de un artículo de Deleuze de 1962 dice esto: “El contrato social es, ciertamente, uno de los más grandes libros de filosofía política. (…) En sus páginas aprende el ciudadano cuál es la mistificación de la separación de poderes, pues la República se define mediante un solo poder, el poder legislativo.”.

Este blog debe a Deleuze la definición que preside en la cabecera y el autor le debe además el contacto íntimo con la filosofía. Sin embargo, este fragmento en otro tiempo, quizá, lo hubiera celebrado pero hoy no puedo más que rechazarlo. Desde la perspectiva de una filosofía “pura” tendría algún sentido, pero lo que creo que no tiene sentido alguno es el calificativo de “pura”. Y lo que me llama especialmente la atención es la caracterización de mistificación de la separación de poderes, pues sin duda, la misma separación puede ser una mistificación, pero no veo forma alguna de que no haya mistificación, si lo que pretendemos es filosofar como teoría de lo que hacemos y no de lo que es (como el mismo Deleuze dejó dicho). Y es que la afirmación de que el único poder sea el legislativo en una República, no puede ser más que la consecuencia de concebir esa República no a partir de las efectivas formas republicanas existentes o que hayan existido sino de una concepción más cercana a la del reino de los fines kantiano que a la realidad de lo que los seres humanos efectivamente han hecho, o realizado.
La efectiva división de poderes no radica tanto en el poder legislativo, como en la salud del poder judicial tanto en su versión formal como en su versión informal, que equivaldría al poder de enjuiciar lo que hacemos y por tanto, correspondería a lo que entendemos por opinión pública, y su correspondiente libertad que es la de la libertad de expresión. Y esto para cualquier forma de organización política y en especial para las formas republicanas. En este sentido la realidad misma es mistificación, apariencia, simulación. Y pretender tener una teoría que imagine una realidad no mistificada, al margen de la que nos envuelve es la peor de las metafísicas. La teoría debe de señalar las apariencias, las falsedades concretas, pero no le es posible erigir imagen alguna de lo que somos más que de una manera muy precaria, conjetural, y que corre el riesgo de sí no es metafísica devenga poética.
En relación con este tema, el poder por sí mismo no ha de ser malo frente a lo que Deleuze denomina potencia. Esta afirmación será tildada como conservadora desde posiciones deleuzianas más progresistas, sin embargo, el poder establecido, constituido y el Estado en sus distintas formas es lo que nos aparta de una relación inmediata con una pretendida naturaleza que resolvería los problemas más rápidamente y mejor (esta podría ser la influencia rusoniana en Deleuze). El poder constituido expresado explícitamente en forma de constitución, de reglas, no son más que el necesario esqueleto de un esquema de concordia dinámico (y por tanto que posibilita la discordia dentro de unos límites, que no pueden estar definitivamente establecidos).
La diferencia entre el poder ejecutivo que no solamente es el formal, sino que se refiere a la capacidad de acción de todos los que formen parte de una república (por poner un tipo de organización política), y el poder legislativo que también es lo que los ciudadanos pueden pensar que es lo mejor para regir el gobierno, y no sólo la capacidad legislativa, está el poder de enjuiciar como bisagra necesaria entre estos dos poderes. Y es que no parece posible que todos puedan ponerse de acuerdo ni sobre los aspectos básicos de un contrato básico. No hay voluntad general como agente real, porque lo que no hay tampoco es comunicación inmediata entre sus ciudadanos, el que se haya preocupado de ver como nos comunicamos, no hace falta ser un experto en comunicación, sabe que la mayoría de nuestras expresiones son como se dice en filosofía oscuras y confusas.
Algunas conclusiones que permiten criticar la visión de Deleuze:
– No parece posible ningún tipo de pacto o contrato básico, ni siquiera idealizado (contra Rawls también).
– La primera premisa supone una confianza en el lenguaje que no es posible (contra Habermas).
– Y es que el gobierno de lo que hacemos tienen un carácter de inmediatez, que no permite ni estar aclarando constanmente lo que decimos, ni concebir un modelo de integración que resuelva no ya los problemas, sino la premura y urgencia con que estos aparecen.
– El tema de la opinión pública es en este sentido un invento que no deja de fascinar, porque se presenta como la apariencia constante y discursiva de que los tres puntos anteriores pueden ser resueltos. Y los agentes de estos discursos a veces son científicos sociales y no sociales, filósofos, artistas, políticos….
Un video de Deleuze sobre el poder (a pesar de las críticas y en un sentido un poco vago sigo siendo deleuziano)

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