Del dinero

El dinero como elemento de cambio es el fenómeno más interesante para entender lo que son las relaciones simbólicas. Utilizaré el término simbólico diferenciándolo de lo real y lo imaginario siguiendo una nomenclatura estructuralista que, sin embargo, no seguiré más que nominalmente. Lo real es un objeto cualquiera, lo imaginario es este mismo objeto imaginado y no poseído, pero lo simbólico introduce la relación entre signo y objeto. Además el dinero está asociado al valor de tal o cual objeto, que según sea éste será deseado, imaginado con mayor o menor intensidad, y a la inversa también su deseabilidad también modificará el valor del objeto. La diferencia que se abre entre un signo que sustituye a aquello que es lo que detenta el valor, es de tal importancia que para plantearse cualquier idea sobre el dinero habrá que recurrir esta a las tres dimensiones que se diferencian y que se autonomizan. Y en cierto modo no podemos considerar que ninguna de ellas tiene primacía. Es decir, los productos, los objetos pueden ser analizados como lo real y aquello que efectivamente es deseado; los deseos mismos que siempre son más que el deseo de esto o de lo otro, el deseo de un objeto cualquiera va asociado a un conjunto de deseos en los que queda enmarcado tal objeto (el coche es un ejemplo que cualquiera puede entender); y por último, la dimensión simbólica aquella en la que representa magníficamente el dinero tiene su propia lógica, y no sólo porque este pueda a su vez ser una mercancía como otra cualquiera, sino porque a veces “invade” completamente el deseo (quedando el deseo a desear dinero nada más).

Estas dimensiones remiten a varias prácticas que se autoimplican, la del productor, la del consumidor y la del financiero. Ahora bien cada una de ellas tiene su reverso. El productor tiene como límite lo que se ha denominado tragedia de los comunes y es que es la naturaleza la que dota en última instancia de objetos, productos. El consumidor tiene como reverso que su deseo se confunda con el objeto deseado (en este caso el dinero es probablemente uno de los objetos privilegiados pero entonces, en este caso, quizá estemos hablando del reverso del financiero, pero también lo es el sexo…). El financiero tiene como reverso la especulación y para ejemplo el mejor quizá no es el de acudir a las altas finanzas sino aquellas prácticas asociadas a empresas de tipo piramidal donde todas las relaciones pueden desembocar a que el dinero las ocupe tanto en lo real como lo imaginario.
Las soluciones típicas a estos lados oscuros suelen presentarse en modo de ecologismo para el primero de los problemas; en modo de boicot a grandes marcas que nos “venden humo”; y por último denuncia a toda forma de especulación como el mayor productor de males y desgracias y que el comunismo se ha presentado como la forma definitiva de resolución.
Ahora bien, estas soluciones siempre han caído en dos errores: el voluntarismo que consistiría en que creer que si hay voluntad las soluciones son posibles; y la identificación simplista del problema en la cual un programa bien pensado es capaz de erradicar los problemas. Claro está que ambos errores se retroalimentan o es la falta voluntad o es que no se ha identificado claramente el problema, por lo que no se atajan.
Ambos errores radican en primer lugar en que el planteamiento del problema está pegado demasiado a la realidad más visible (quien puede negar que haya personas que estén en la miseria), y dos con la voluntad basta para acabar y hacer realidad una situación imaginada y deseada en la que desaparezca la miseria. Populismo y totalitarismo son las efectivas políticas erróneas y malvadas. Sin embargo, las soluciones deben de tener en cuenta tanto lo real como lo imaginado, el entendimiento como la voluntad, pero la razón está del lado de los simbólico y lo simbólico hace posible que las políticas reales estén dirigidas a personas concretas pero en tanto que establecen relaciones diversas y complejas entre sí (es habitual oír el lamento de que los políticos gobiernan en general y no tienen en cuenta a cada uno, pero el uso de la estadística teniendo en cuenta cada vez más elementos a evaluar no puede suponer más que un avance, otra cosa es creer que se puede eliminar el conflicto).
Lo simbólico ha de plantear la relación con lo imaginario de un modo que quede claro que lo imaginado también es parte de lo que nos constituye. El tópico de que la economía es un estado de ánimo no deja de ser cierto porque sea un tópico. Lo que hay que denunciar es el abuso de tal tópico y que por parte de los que gestionan el “cotarro” encarguen sus discursos a agencias de publicidad o asesores de imagen, y hagan oídos sordos de los que conocen lo real (y una vez más remito a la relación de lo real con lo simbólico).
La razón tiene en el campo económico un ámbito especialmente atractivo porque se las tiene que ver con la verdad de los hechos, y con las certezas de las opiniones.
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