El silencio de la palabra escrita.

Porque es que es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura, y por lo que tanto se parece a la pintura. En efecto, sus vástagos están ante nosotros como si tuvieran vida; pero, si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios. Lo mismo pasa con las palabras. Podrías llegar a creer como si lo que dicen fueran pensándolo; pero si alguien pregunta, queriendo aprender de lo que dicen, apuntan siempre y únicamente a una y la misma cosa. Pero, eso sí, con que una vez algo haya sido puesto por escrito, las palabras ruedan por doquier, igual entre los entendidos que como entre aquellos a los que no les importa en absoluto, sin saber distinguir a quiénes conviene hablar y a quiénes no. Y si son maltratadas o vituperadas injustamente, necesitan siempre la ayuda del padre, ya que ellas solas no son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí mismas. (Platón. Fedro.)




Es impresionante la imagen tan acertada de Platón en este fragmento sobre el silencio y la indiferencia de la palabra escrita, frente a la sonoridad y distinción de la palabra hablada. También es interesante como la palabra escrita reclama la presencia del padre, del autor de las mismas se entiende, para defenderse de sus posibles lectores que necesariamente oyen y distinguen algún tipo de mundo en estas palabras. En esta contraposición veo una cierta contradicción o paradoja, al menos “a bote pronto”. La paradoja consistiría en que la oralidad ha sido caracterizada como un medio de producción lingüística autónoma, independiente de un autor identificado del que pueda decirse que es la fuente de significado de tales palabras. Al revés esta ausencia de autor remite a que el uso de las palabras envuelve siempre su sentido propio, que curiosamente es común, es decir, el significado de las palabras que se transmiten oralmente son de propiedad común, además de ser comprendidas inmediatamente. La distinción de su significado coincide con la distinción fonética que se efectúa en ese preciso instante de ser dichas. Por tanto, no es necesario la ayuda de ningún sabio para que interprete las palabras dichas. En cierto modo pasa algo parecido con el aprendizaje de las operaciones básicas de las matemáticas, sumar, restar, multiplicar y dividir. Una vez que entendemos los signos con los que operamos, las reglas que permiten operar, el maestro o profesor de matemáticas en cierto modo desaparece como autoridad, un error en la suma dos más dos igual a cinco por parte del profesor no puede ser justificado de ningún modo por mor de su autoría – autoridad. Una lengua también ha de ser aprendida pero en cuanto se tiene un ejercicio básico de la misma el sentido de lo dicho es inmediato. Con la palabra escrita ocurre algo distinto, el hecho de que sean efectivamente puestas sobre una superficie uno signos a los que les corresponde un significado concreto, parecería que lo que ocurre es la autonomía de esa palabra escrita, ya que no depende del uso para entenderla. Pero es entonces, cuando la palabra escrita reclama su dependencia de aquél al que debe su existencia, reflejando de este modo una heteronomía que es su tumba, su rigor mortis. Es decir, la letra escrita sustituye el sentido propio de la palabra dicha por el sentido recto pero funesto. De este modo la palabra escrita ya no envuelve sonoridades y distinciones, sino silencios e indiferencias o confusiones si se quiere. La letra escrita es, según estas palabras de Platón la condición necesaria para hablar en nombre propio, para apropiarse de las palabras, de su significado o de su mundo. A costa, pues, de la propiedad común que caracteriza a la palabra dicha. La contraposición entre la oralidad y escritura que hemos ido evaluando es la de silencio – sonoridad; distinción – indiferencia; presencia – ausencia de autor; y la de mediatez – inmediatez. Sin embargo, la relación no es dicotómica sino más bien aporética, y ha de ser evaluada en cada caso.
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