Aporías y Filosofía antigua II.

Con esta entrada seguimos con la serie de aporías y filosofía antigua e inauguramos otra sobre la noción de causa. Respecto a la noción de causa se ha escrito en varias entradas, y sería conveniente ahora recoger algunas cuestiones y reformularlas a luz de la aporía que presentamos, y que si en la primera tenía a los primeros filósofos jonios como protagonistas ahora Aristóteles es el filósofo sobre el que se articula dicha aporía. A diferencia del resto de aporías que iré presentando esta tiene tres polos, la mayoría tienen dos. Las tres nociones son las de principio, causa y condición. De las tres la condición no es un concepto que encontremos en Aristóteles, sin embargo, es posible hablar de la noción de condición como una consecuencia lógica que llevará del principio a la causa y de ésta a la condición.

Vayamos por partes, la noción de principio en los presocráticos se pueden denominar como principios de realidad, en términos aristotélicos son de “índole material” (Met. L. I, cap. 3). Desde otro punto de vista pueden ser denominados también como metonimias, una parte de la realidad, el fuego, se toma como el todo. Sin embargo, es algo más complejo, lo que están empezando hacer los presocráticos es dilucidar lo que sería con Aristóteles la predicación esencial. Para Tales cualquier cosa es primeramente agua. Este principio permite introducir una invariable en toda predicación. Parménides y Heráclito a este respecto plantearon la aporía propia de la predicación para el primero todo es sujeto e invalida las predicaciones, y para el segundo todo es predicado e invalida también cualquier predicación, pero de esta aporía nos ocuparemos en otra entrada. El verdadero mérito, pues, desde la perspectiva de estas variaciones es dar consistencia a una realidad, que sirva para identificar primeramente a cualquier cosa de lo real. No todo es agua, sino que cualquier cosa es agua, y decir cualquier cosa es abrir la puerta a evaluar esta o aquella. Incluso llegando a cambiar la forma de predicación primera y decir que cualquier cosa es aire (Anaximandro). La pregunta es, entonces, como este árbol es agua a diferencia de este otro. Está claro que la capacidad de análisis que proporciona la formulación de estos principios es más bien escasa. Ahora bien, el problema de identificar sujetos (de predicación) y que lo que se diga de éstos tenga alguna consistencia no es un problema teórico, es eminentemente práctico. Y los griegos lo practicaron, principalmente en el ámbito jurídico. La teoría desde los presocráticos en su afán de pensar al margen de la praxis, siempre dará una imagen que termina por hacer irreconocible a aquello que había suscitado su aclaración, la praxis misma.
Las nociones de categoría y causa significan originalmente acusación. Una acusación es predicar algo suficientemente consistente que identifique a un sujeto como responsable o culpable de alguna acción que se considera dolosa. Aristóteles de este modo es consciente de la complejidad de la predicación y la noción de principio alcanza un significado más sutil sobretodo en tanto que formula el principio de no contradicción. La noción de causa en Aristóteles permite diferenciar si el individuo pertenece a una especie u otra, si en su acción hay una finalidad u otra, e incluso delimitar qué es lo que le llevo a realizar tal o cual acto. En este sentido la noción de causa se asemeja a la noción de categoría porque permite catalogar, clasificar la realidad y desprenderse de una primera realidad que valga como primera predicación para cualquier cosa. De este modo la predicación se convierte en una cuestión más técnica.
La tarea teórica que inauguran Platón y de manera más segura Aristóteles no son de la misma naturaleza que la práctica, en los juicios se sigue procesando a culpables, identificándolos y aunque en los procesos quepan las defensas, es decir, las evaluaciones de los juicios. Urge que se identifique a alguien. El problema con el proceso a Sócrates es que la necesidad de llegar a un “juicio final” se ve que las injusticias pueden llegar ser flagrantes. En un juicio se han de identificar al reo, y a las causas, motivos o razones que le llevaron a cometer tal delito. Y como es bien sabido el discurso último (lo que se predique del reo) tanto de la defensa como de la acusación, tiene como objetivo identificar distintamente que el que están juzgando es culpable o inocente, aunque se sacrifique la claridad de ese mismo discurso. Está claro que el juez o el jurado popular debe estar lo mejor preparado para apreciar la consistencia de estos discursos, su claridad.
La ciencia de este modo ni el principio ni las causas sirven en la actualidad, aunque sigan sirviendo para el conocimiento en general y para la filosofía en particular. De este modo la teoría de las causas de de Aristóteles es una teoría de las condiciones que necesariamente debemos conocer para identificar a sujetos de los que predicamos algo. Una de las razones de la oscuridad de la teoría de las causas y que puede funcionar como ciencia radica en la causa formal. La causa formal es el mismo sujeto (Sócrates), sin embargo, esta noción de forma sólo tiene algún sentido cuando se afirma a la especie a lo que Sócrates tiene de hombre. Es decir, la causa eficiente remite a otros sujetos de la misma especie que hicieron posible a Sócrates, la finalidad en gran parte también es común a la del resto de individuos de la misma especie (alimentarse, reproducirse…), y la causa material sólo adquiere sentido en la medida que la causa formal queda especificada en la descripción de la especie. Parece obvio que este tipo de discurso sólo se alcanza en grado suficientemente satisfactorio con Darwin. Y el modo de hablar de los procesos que caracterizan a Sócrates es el de las condiciones de posibilidad y la forma que posibilita la claridad, aunque en detrimento de la distinción, es la forma del discurso matemático.
Ahora bien, si los primeros presocráticos confundían oscuramente las nociones de principio, causa y condición. Y con el desarrollo de la aplicación de las herramientas matemáticas a la práctica científica es posible y discriminando estas nociones. Cuando no ya un científico, ni siquiera un filósofo académico, o jurista hablan si no estos mismos en tanto que ciudadanos que comparten un espacio de opinión pública y que supuestamente hablan en nombre propio, se cae constantemente en la falta de distinción y en la oscuridad, y que ni la buena voluntad, ni la probada capacidad de pensar garantizan que el interlocutor porque habla “a la ligera” no confunda, oscurezca su discurso, porque se enfrenta a otro que no es el propio. Y desde este punto de vista volvemos sobre una situación que nunca ha sido exactamente conquistada, sino difícilmente ejercitada la de la libertad de expresión, y aquí no hay quien no sustituya y dejamos de ser filósofos, científicos, juristas, o cualquier otra profesión o especialización.
La filosofía académica tiene la obligación de pensar esta situación en la cual se sigue haciendo filosofía, en este caso mundana.
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