De la Justicia.

“Del cultivo de las tierras provino necesariamente su repartición, y de la propiedad, una vez reconocida, el establecimiento de las primeras reglas de justicia, pues para dar a cada uno lo suyo era preciso que cada cual tuviese algo”. (Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres)
En estas variaciones filosóficas quizá sea la justicia el concepto que más ha de resonar de unas a otras. En primer lugar porque con la idea de justicia resuena la idea de proporción, y la proporción es una relación, y, por tanto, necesita dos para “decir” un tercero. Este tercero siempre es el “sujeto” del que se dice algo: 3 es 6/2, 8/4, 10/5… La cita de Rousseau nos retrotrae a un tiempo donde no había reglas de justicia, y para que las haya, para que haya reglas de relación entre uno y otro, ha de haber por supuesto “uno” y “otro”. Este uno y otro son sujetos, individuos humanos. Y estos sujetos se distinguen entre sí. Antes del establecimiento de las primeras reglas no había tal distinción de sujetos. La cuestión es que lo que se distinguían no eran sujetos individuales: un hombre, una mujer… La distinción es de otro tipo, mucho más oscura (al menos para mí), pero distinción a la postre. El sujeto que se distingue es el que no distingue lo tuyo de lo mío, la comunidad en su sentido más original y originario, de la que me atrevo a decir que no cabe discurso verdadero más que en un sentido muy débil. Para ello cito de nuevo al propio Rousseau:
“Con las pasiones tan poco activas y un freno tan saludable, los hombres, más bien feroces que malos, y más atentos a preservarse del mal que pudiere sobrevenirles que tentados de hacerlo a los demás, no estaban sujetos a desavenencias muy peligrosas. Como no tenían ninguna especie de comercio entre ellos y no conocían por consecuencia ni la vanidad ni la consideración, ni la estimación, ni el desprecio; como no tenían la menor noción de lo tuyo y de lo mío, ni verdadera idea de la justicia; como consideraban las violencias de que podían ser objeto como un mal fácil de reparar y no como una injuria que es preciso castigar, y como no pensaban siquiera en la venganza, a no ser tal vez maquinalmente y sobre la marcha, al igual del perro que muerde la piedra que le arrojan, sus disputas rara vez hubieran tenido resultados sangrientos si sólo hubiesen tenido como causa sensible la cuestión del alimento. Pero veo una más peligrosa de la cual fáltame hablar”. (Discurso…)
La idea de justicia tiene sentido que aparezca cuando aparecen problemas reales de discordia. Y la discordia propiamente humana aparece con la propiedad privada. Uno se reconoce propietario e identifica al resto como un peligro fatal para su propiedad. La imaginación aquí tiene un papel crucial, mientras no se tiene nada más que conservar que la propia vida, sirve junto con la piedad natural para reconocer a través del otro el dolor propio que no sentimos efectivamente ahora, aunque seamos capaces de compasión también hay alivio por no padecer lo que vemos en otro. Según el relato que hace Rousseau, principalmente en el Discurso y en el Ensayo sobre el origen de las lenguas , en el momento que se tiene algo que conservar que ya no es la propia vida, algo que no te vincula inmediatamente con la comunidad, el verdadero rostro del mal aparece. Toda forma de discordia anterior no tiene importancia en comparación con la discordia que aparece con la propiedad privada. Las resoluciones anteriores eran, por así decirlo, naturales, ahora con la naturaleza no basta, las acciones que pueden llegar a emprenderse por defender la propiedad de uno, o por arrebatarle la de otro son frecuentemente desproporcionadas. ¿En qué sentido son desproporcionadas? Por ejemplo, si alguien mata a otro incluso con ensañamiento cabe preguntarse por la proporción de sus acciones con el objetivo a conseguir, ¿ha conseguido matarlo en el tercer o cuarto golpe?, y el resto ¿ha supuesto un desgaste “innecesario”?… Sin embargo, la pregunta por la proporción aparece cuando el sujeto del que predicamos tal proporción se hace más difícil distinguirlo. Es decir, si los sujetos son los individuos y sus relaciones pueden entenderse en términos de proporción, el tercero como resultado de tal relación es algo común a ambos y que según Rousseau se ha perdido.
La clave de todo ello es que “el establecimiento de las primeras reglas de justicia” es la explicitación de lo que antes estaba envuelto en el seno de la comunidad y no era visto u oído, pero que funcionaba. Funciona en la medida que existe un sujeto que lo garantiza, este sujeto es la comunidad misma. De la que tenemos noticia solamente una vez ha desaparecido. Desde el punto de vista de la historiografía el establecimiento de estas primeras reglas está asociado a la invención de la escritura. Las operaciones y relaciones que establecían los humanos entre sí hacía necesario explicitar la regla. La regla se objetiva y se hace autónoma.
Estos aconteceres no tuvieron que ser fáciles ni pacíficos. En cierto modo la invención de la escritura debió ser un modo de resolver los problemas cada vez más complejos. Imagino que el establecimiento de los signos y su significado debería ser una tarea del jefe, que los impondría. El jefe en este caso no tiene que ser el más listo, ni su sistema el más eficaz o eficiente. Pero la clave del sistema es que en la medida que se enuncia y se explicita la regla se hace autónomo (el jefe puede ser Humpty Dumpty “aquí mando yo, y las palabras significan lo que yo quiero”, pero deja de ser la reina de corazones que sigue la regla privadamente que es una forma de decir que no se atiene a reglas). Y en cierta medida el jefe o los jefes están reconociendo cierta igualdad a aquellos que les hace saber cuáles son las reglas. La igualdad consiste en que a los gobernados se les reconoce una misma capacidad de comprensión de aquel sistema. Por supuesto, imagino, también, que aunque aparezcan estos códigos que regulen las actividades humanas, no se olvida fácilmente la inclinación a ser “reina de corazones”. Y hay muchas maneras de serlo…

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