Conservando herramientas.

Eudald Carbonell destaca que una de las formas de diferenciar las técnicas de los homínidos (al menos en lo que se refiere al género homo) de las técnicas del resto de animales es que mientras éstos no producen herramientas con otras herramientas, los primeros hacen herramientas a partir de otras herramientas. Esta característica implica otra que acentúa la diferencia entre el género homo y el resto de los animales y es que las herramientas al ser construidas con otras herramientas, las segundas se desvinculan de la acción directa como herramientas lo que abre la posibilidad de conservarlas, de guardarlas.
Una herramienta fabricada ad hoc para tal uso u otro como ocurre con algunos animales, chimpancés sobre todo, es una forma de encontrar soluciones a problemas que tenemos delante. Sin embargo, fabricar herramientas con otras herramientas parece una tarea suficientemente compleja como para abandonar el producto resultante una vez haya sido usado. Por tanto, conservar una herramienta la desvincula de su uso inmediato y no es un “apéndice del cuerpo” útil para resolver algún problema. La posibilidad que abre la conservación de las herramientas es que estas no sean, sin más útiles para tal o cual tarea, son posibles signos problemáticos por sí mismos, que pueden permitir un uso desvinculado para el que fue elaborada. Aunque de hecho una herramienta que se ha conservado probablemente ya tendría varios usos a los que se vinculaba la producción de tal herramienta. La investigación paleontológica sobre esta cuestión es muy difícil, porque de lo que tenemos noticia es de las herramientas, y podemos simular el modo de cómo fueron construidas, pero lo que se convierte en una dificultad insalvable es conocer los usos efectivos (sobre esto no caben más que historias verosímiles).
Sobre esta cuestión hay que llamar la atención sobre la potencia especuladora que supone conservar herramientas. Y es que los distintos modos técnicos del paleolítico son muy toscos casi hasta que la denominada técnica auriñaciense, es decir, son 2,5 millones de años de una evolución lenta. Sin embargo, este largo período protagonizado por un número indeterminado de especies pertenecientes al género homo y habitando distintos ecosistemas supone un largo proceso en el que están las condiciones de posibilidad de la técnica posterior que acaece hace unos 35 mil años. El cambio que hay entre la técnica musteriense de la auriñaciense se considera muy acusado, pero la mayor dificultad para hacerse una idea de en qué consiste tal cambio pasa por la dificultad de hacernos cargo de los usos efectivos de esas técnicas anteriores. No obstante, esta dificultad es sobre todo un acicate para el investigador.

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