El porvenir de la Filosofía.

Una pregunta que asalta a cualquiera que se embarque en una tarea cómo ésta de introducir a la Filosofía a adolescentes, en realidad a cualquiera, es la de qué es lo que hay que hacer para tener éxito, y no fracasar antes siquiera de haber empezado que es, quizá, la verdadera cara del fracaso, y dibujar una imagen de aquello de lo que se ocupa la Filosofía. Descartemos que la ocupación de la filosofía sea el todo, o que se ocupa de todo, ya que para ocuparse de todo habría que tener alguna idea de lo que significa ese todo, por lo tanto, sería mejor decir que la Filosofía se ocupa de cualquier cosa, siendo esta cualquieridad la que enfrentamos al Todo, y además se evita la imagen del sabio que es capaz de hablar de cualquier cosa sólo preguntándole, porque lo sabe todo. La Filosofía, pues, si es capaz de ocuparse de cualquier cosa es solamente después de someter a un mínimo análisis de lo que se le presenta. Pero, ¿no es eso lo que hace cualquiera que tiene opinión sobre “todo”?, y que no es capaz de decir que sobre eso “no sabe nada…” La Filosofía se asemeja en lo que atañe a su ocupación a la opinión, pero ha de diferenciarse necesariamente de ésta, y el mínimo exigido para que esa diferencia sea efectiva, es apelar algún tipo de definición que no puede pretender lo que es de todos modos una pretensión imposible, dar una imagen completa de lo que es la Filosofía, pero si que se puede pedir algún tipo de caracterización que anime a su efectivo ejercicio y no a satisfacer, sin más, aquellos que pueden preguntar ¿qué es la Filosofía?, entre otras cosas porque la Filosofía no es fuente de satisfacción cómo el que puede producir estar en posesión de éste o aquel saber. Entonces lo que hay es una contraposición con el saber, el efectivo ejercicio de la Filosofía descartaría que ésta fuera amor a la sabiduría porque lo que se aprende mientras se ejercita es que este amor en tanto que posesión del objeto no es más que una quimera, es más el efectivo desarrollo del deseo en el que se disuelve el objeto que en un principio, de manera brumosa, pudo animar tal tarea.
Por eso, y sin más rodeos es posible caracterizar a la Filosofía como la teoría de lo que hacemos. Pero esta definición es del tipo de conceptualizaciones que Deleuze en su obra Diálogos en colaboración con Claire Parnet denominaba como exactamente inexactos refiriéndose a los conceptos específicamente filosóficos. Esta definición entonces es exacta pero profundamente imprecisa, no precisa nada. En términos epistemológicos se puede decir de ella que es clara porque se entiende con facilidad los términos que implica, pero que no se distingue nada si profundizamos un poco. De hecho la distinción es o debería ser resultado de su efectivo ejercicio. Por tanto, el resultado de qué es lo que distinguimos está siempre por venir, por tanto, pues, en su ejercicio y solamente en su ejercicio tiene la Filosofía su porvenir. Pero desde Platón este ejercicio parece asegurado sólo si hay apuestas particulares como las que encontramos en la Historia de la Filosofía.

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