Apología de Sócrates.

La noción de apología en griego significa defensa y se contrapone a la de categoría que significa acusación. El contexto de estos dos términos es el jurídico. Es un contexto práctico anterior a la aparición de la Filosofía. Michel Foucault en La verdad y las formas jurídicas sitúa ya en la Iliada una práctica de este tipo. Me gustaría llamar la atención sobre esta práctica que es de vital importancia para que aparezca una actividad como la teoría. El juicio de Sócrates es una práctica jurídica mucho más sofisticada que la que se relata en la Iliada, pero más tosca que las prácticas actuales. Pero este juicio es el punto de inflexión en la aparición de la Filosofía. En cierto modo esto es lo que defiende José Luis Pardo en La regla del juego. Cabe destacar de la acción que se relata en el diálogo la confrontación de un individuo con otros individuos pero también la confrontación del primero (Sócrates) con su comunidad. Este tipo de relaciones ético morales están ya tratadas en la literatura anterior a la escritura de la Apología de Sócrates, pero con Platón comienza a desarrollarse un tipo de relato que diferencia claramente la defensa, de la acusación, y no es el relato que le correspondería al juez. La figura del juez sea individual o colectiva es un entramado práctico, pero lo que hace Platón cuando relata el juicio es, en cierto modo, cortocircuitar la inclinación a ser juez, a declinar la balanza en un sentido o en otro. Este tipo de actividad no surge de la nada, sino que tiene un medio muy fértil en el que proliferar y, sin embargo, su florecimiento no deja de ser un feliz acontecimiento.
En cierto modo la práctica jurídica viene a sancionar una figura esencial en la teoría que es la de espectador al que se le obliga a inclinarse en un sentido o en otro, una vez escuchados a los actores. La cuestión es identificar al autor de lo que allí se juzga.
En los juicios reales el juez además debe ser autor de la sentencia que dicta, y esta queda establecida como acontecimiento necesariamente habrá de cambiar el estado de cosas actual, y lo habrá de cambiar significativamente, sobre todo por su irreversibilidad. El juicio y su posterior sentencia quedará a todas luces como un acontecimiento profundamente injusto, y, sin embargo, la obra de Platón no es un lamento, aunque en origen haya mucho de ello. Una obra como esa ha de partir de la constatación de la irreversibilidad del suceso que se evalúa y que tiene como consecuencia más trágica la muerte de Sócrates. Por tanto, para Platón no caben las urgencias ni de los actores presentes en el juicio, ni la del juez. Pero tampoco es una defensa empeñada sin más en mostrar la verdadera cara de Sócrates. El ejercicio es decepcionante en la medida que aunque la inclinación de Platón sea la de defender a su maestro, esta defensa consiste más en mostrar las condiciones en las que se produjo tal juicio. Y en cierto modo, lejos de clausurar la imagen de Sócrates lo que hace es abrir el campo eternamente problemático, de la figura de Sócrates, que ha dejado de ser un ser humano, a ser un personaje filosófico. La decepción consiste en que el diálogo no se inclina del lado de las soluciones y de las respuestas, ¿qué respuestas caben una vez muerto el maestro? Platón no escribe un discurso fúnebre, escribe para los presentes y sobre todo para el porvenir. El carácter de la Apología es por siempre intempestivo. Su necesidad tanto metafísica como epistemológica comporta a lectores actuales, y el veneno que inocula no son las posiciones que se deriven de la lectura, y si era pertinente o más o menos justo el juicio, sino que consiste en un tipo de actividad evaluadora que inevitablemente inclinará la balanza en un sentido o en otro, pero su razón de ser es su función problematizadora y no tanto por la urgencia de esas soluciones.
La actividad filosófica es decepcionante, y desilusionante, pues, por anti-intuitiva, dónde se esperan soluciones y respuestas, se insiste en los problemas y las preguntas.

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